Entre 1946 y 1955 el Estado argentino construyó vivienda a una escala sin precedentes. Los planes quinquenales del primer peronismo levantaron barrios enteros en todo el país, y en Mendoza esa producción adoptó con frecuencia un lenguaje que hoy resulta desconcertante: el estilo californiano, con su techo de teja cerámica a dos aguas, su galería de arcos, su revoque claro y su carpintería de madera oscura.
Desconcierta porque el californiano no era un estilo popular. Había llegado a la Argentina en los años veinte y treinta a través de revistas y del cine de Hollywood, y se había instalado en los barrios acomodados como signo de una vida moderna, higiénica y confortable. Que el Estado lo utilizara para la casa obrera es la pregunta que este tipo de estudio plantea.
La disputa que hay detrás
La arquitectura argentina de esos años estaba atravesada por una discusión que excedía lo técnico. Los arquitectos formados en el movimiento moderno defendían el bloque, la estandarización y la planta libre, y veían en la teja y el arco un pintoresquismo reaccionario. Frente a ellos, una corriente nacionalista reivindicaba un lenguaje “de raíz hispánica” para el que el californiano –con su ascendencia en las misiones de California, a su vez derivadas de la arquitectura colonial española– resultaba cómodo.
El Estado no resolvió la disputa por decreto: construyó de las dos maneras. Hay conjuntos modernos y hay barrios de tejas, a veces del mismo organismo y del mismo año. Eso descarta la explicación doctrinaria simple y obliga a mirar otras variables.
Tres razones que no son ideológicas
La primera es constructiva. En Mendoza, provincia sísmica, la cubierta liviana de madera y teja sobre muros de ladrillo era una solución conocida por los constructores locales y más tolerante que la losa pesada. La obra se hacía con mano de obra disponible y materiales de la zona.
La segunda es climática. La galería con arcos, el alero profundo y el patio no son adorno en una provincia de gran amplitud térmica y sol intenso: producen sombra y aire. El repertorio funcionaba.
La tercera es de escala. El californiano se despliega bien en vivienda individual con jardín, que era el modelo que el gobierno promovía. La casa propia con terreno, no el departamento, era el objeto de la política.
Y una razón que sí lo es
Queda la variable simbólica, y es la más interesante. Entregar al trabajador una casa con el aspecto de la casa de clase media no fue neutro. Fue una declaración: esto que hasta ayer era de otros, ahora es tuyo.
Leída con generosidad, la operación es de dignificación, y coincide con el modo en que el peronismo trabajó sobre el consumo, el turismo social y el acceso a bienes antes reservados. Leída con desconfianza, es una forma de conformidad: se otorga el signo de un ascenso que no necesariamente ocurrió, y se lo otorga ya diseñado, sin que el destinatario elija.
Ninguna de las dos lecturas agota el asunto, y la discusión sigue abierta en la historiografía. Lo que el estudio de los barrios concretos permite hacer es sustituir la discusión general por el examen de decisiones documentadas: qué se proyectó, qué se construyó, qué modificaron después los habitantes.
El dato que suele faltar
Esa última parte es la que más dice y la que menos se estudia. Setenta años después, las casas tienen cerramientos en las galerías, habitaciones agregadas al fondo, techos de chapa sobre el patio y garajes donde había jardín. El barrio proyectado y el barrio existente no son el mismo objeto.
Para la historia de la arquitectura latinoamericana ese desfase no es un deterioro del original: es el registro de lo que la vivienda social efectivamente necesitaba y no tenía. Un plano dice qué imaginó el Estado; la casa modificada dice qué hizo falta.