Argus-a Vol. IX Edición N° 34 / Diciembre 2019 / ISSN 1853-9904 / Index: MLA y Latindex / Bs. As.- Argentina
La estética del Renacimiento
Cristian Cámara / Madrid / España
Vol. I Edición No. 2

aaa
Patricia Castelli. Editorial Antonio Machado. Madrid, 2011. Traducción de Juan Antonio Méndez

La intención que ha orientado la redacción del libro La estética del Renacimiento es de entrada alentadora e incluso brillante. 
Como se explica en el texto de contraportada, la autora «se aparta de los tópicos habituales en esta materia, pues no sólo analiza las teorías filosóficas, sino la presencia del “gusto renacentista” en ámbitos por lo general descuidados». 
Al pasar al índice se encuentra que estos aspectos, recogidos en la segunda parte del volumen, se atienen a cuestiones tan diversas como las ruinas y el paisaje, la estética del comportamiento, de los cielos o de las figuraciones del mal, como monstruos, brujas y demonios. Estos indicios estimulantes, sin embargo, pronto se ven defraudados por un texto que es insuficiente por muchos motivos de peso. Para empezar, porque el examen desde nuevos planteamientos historiográficos de tales «elementos emergentes» del clima estético renacentista no hubiese debido ir en detrimento de la claridad en la exposición de los tópicos mayores del sistema conceptual global del periodo en que se inscriben, al menos en una obra con este título y que aparece en una colección editorial con unos objetivos tan precisos como esta que nos ocupa.
Los términos clave que elige la autora para sustentar su descripción del pensamiento estético renacentista son cuatro: la proporción, la luz, la mímesis y la écfrasis. En principio, esta selección en parte sorpresiva tiene todo el interés y sería muy atendible si el análisis posterior llegase a validarla de una manera plausible. Pero lo cierto es que no hay una tentativa de hacerlo o, si la hay, no resulta conseguida. De cada uno de estos términos, ni de su correlación o su imbricación recíproca en el contexto doctrinal de la época, no se detecta ninguna definición ni articulación comprensible. El recurso principal de organización del ensayo, en cambio, decae las más de las veces en una mera enumeración erudita de materiales al parecer solo parcialmente asimilados de una bibliografía sin duda vasta. Las enumeraciones, es lo que tienen, son muy difíciles de citar. Esta falta de coordinación y articulación teórica interna puede comprobarse en un pasaje de solo cinco páginas, de la 119 a la 123, en las que se agolpan las definiciones y opiniones sobre la imitación de autores como Ghilberti (sic), Gianfrancesco Pico, Pietro Bembo, Castiglione, Benedetto Varchi, Vicenzo Borghi, Paolo Pino, Ludovico Dolce, Marco Girolamo Vida, Vicenzo Danti, Danielle Barbaro, Giulio Camillo Delminio, Giraldi Cinzio (sic), Celio Calcagni, Bartolomeo Ricci, Gregorio Comanini, Jacopo Mazzoni, Torquato Tasso o Stefano Guazzo. Verdaderamente, es demasiado, aunque no habría nada decisivo que objetar a este método, si no fuese porque gran parte de estas definiciones son intrascendentes o se superponen, o a veces aluden a otras discusiones laterales de las que no se explicita cuál es su relación con esta problemática completamente vertebral. La autora hace todo el hincapié en la cuestión de la mímesis ciceroniana o retórica, la que propugna la imitación de los antiguos, y menciona sus intersecciones con el problema de la lengua, de lo verosímil, de la disputada finalidad didáctico deleitosa del arte, de lo fantástico cristiano en la épica o de los avatares de la imitación platónica icástica o fantástica. En cambio, elude dar cuenta de cuáles son las tradiciones doctrinales en las que todas estas enunciaciones cobran propiamente sentido, y ofrecer cualquier valoración sobre su concurrencia conflictiva. Por mencionar un caso particularmente escandaloso, ni siquiera se refiere la asimilación progresiva del texto de la Poética de Aristóteles durante el siglo XVI, sobre la cual gravita la recuperación problemática del término, y sin la que queda mutilada no solo la comprensión ajustada de la estética renacentista, sino también la de todos sus desarrollos positivos, e incluso de manera general la de toda la estética moderna en su conjunto. 
Los otros términos que examina la autora arrojan un saldo semejante de confusionismo crítico. Si por un lado para el estudioso tendrá poca utilidad este acarreo laborioso de materiales, al neófito le sumirá sin duda en la más completa perplejidad. La autora nos ha dado a conocer las notas bibliográficas de un trabajo que podría ser muy valioso, insistimos en ello, pero no el trabajo mismo. En el apartado que dedica a la écfrasis, después de un recorrido acelerado por todas las cuestiones que le han salido al paso en relación con él, de manera más o menos justificada, al llegar a un punto de dificultades, anota: «en cualquier caso, es conveniente observar que la écfrasis (sic) se inscribe en los diferentes géneros como una forma literaria en sí, con sus propias reglas, dando consistencia a varios argumentos y a diferentes temas» (141). Y ahí está todo el problema, pues en el transcurso argumentativo-enumerativo del capítulo nunca se ha definido la écfrasis como «forma literaria en sí», si es que sea algo semejante, ni se han explicado de manera suficiente cuáles son sus «propias reglas», para todo lo cual el lector hará mejor en acudir a cualquier solvente manual de retórica entre los disponibles. Patricia Castelli sin embargo ha tenido la intuición teórica suficiente como para proponer la écfrasis como una clave de la estética renacentista, y eso es sin duda algo a tener en cuenta acerca del lugar al que le conducen sus lecturas.
Superado este tramo, en su parte segunda, el libro ofrece sus mejores propuestas de interpretación. Persiste la impresión de abigarramiento y falta de nitidez, pero en esta parte es más comprensible, y la lectura se torna cada vez más amena y recomendable. Se echan en falta, sin embargo, entre tanto desarrollo prolijo, formulaciones sintéticas algo más arriesgadas con las cuales dar acrisolamiento contradictorio a la intención declarada de distinguir «las aporías y contradicciones de un renacimiento aparentemente “luminoso”, introduciendo itinerarios relacionados con su nocturnismo» (17), lo cual en definitiva nos reafirma en nuestra impresión de encontrarnos ante un libro prematuro, que lo mejor que tiene son sus intuiciones inexplicadas.
No es este el lugar de valorar la decisión de la colección Léxico de estética de ofrecer una colección de textos de introducción a la historia de la estética y a sus términos esenciales conformada casi exclusivamente por traducciones de autores italianos contemporáneos. Habría como para argumentar tanto a favor como en contra de semejante estrategia en el actual contexto cultural y científico en España. Hasta ahora, esta colección ha puesto a disposición del público en lengua castellana textos de indiscutible valor recapitulatorio como son, por solo mencionar algunos, La estética del romanticismo, de Paolo D´Angelo, La estética del siglo XVIII, de Elio Franzini, La estética del siglo XX, de Mario Perniola, La forma de lo bello, de Remo Bodei, o La imaginación, de Maurizio Ferraris. Todos los cuales, por lo demás, demuestran destacadamente cuánto es posible conciliar la originalidad de los planteamientos metodológicos y conceptuales con la solvencia e interés de los resultados críticos. En el volumen que comentamos, por cierto, se anuncia la próxima aparición de los libros La estética clásicaLa estética medieval y La estética del Barroco. Es de esperar que retomen el nivel habitual de excelencia después del desafortunado desliz de este La estética del Renacimiento.
Por último, es inevitable mencionar la lamentable precariedad del texto en su aspecto formal en general, completamente indigna del prestigio de la editorial responsable. Hay muchos errores ortográficos incomprensibles, un criterio inconsistente de cita de fechas y nombres propios y discutibles decisiones de traducción que tornan a veces ilegible el texto, pero sobre todo denuncia dejación y desidia haber admitido tantas veces a un neoplatónico «Giamblico», a un padre de la Iglesia «Lattancio», al retórico bizantino «Giorgio Trapezunzio», por no alargar más la lista.
 
© Cristian Cámara
 
 
aaa

 

 

  • Compartir: