Argus-a Vol. IX Edición N° 34 / Diciembre 2019 / ISSN 1853-9904 / Index: MLA y Latindex / Bs. As.- Argentina
Entrevista a Rosa Ribas. Vivir y escribir Entre dos aguas
Ana M. Brenes / Munich International School / Alemania
Vol. I Edición No. 2

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Rosa Ribas vive desde septiembre de 1991 en Alemania.  En teoría llegó por un año, como tantos otros, para aprender alemán y se quedó.  Es filóloga, en España trabajó dando clases de lengua y literatura española en bachillerato.  Primero vivió en Berlín donde estuvo dos años dando clases de español como lengua extranjera.  Le resultó relativamente fácil encontrar trabajo.  Allí conoció al que ahora es su marido que vivía en Francfort y se mudó con él a esta ciudad.  Enseguida consiguió trabajo y poquito a poco fue encontrando su lugar. 

 

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Trabajó durante diez años en la universidad de Francfort donde llegó a ser profesora titular pero antes de que la hicieran funcionaria decidió que lo dejaba.  Se despidió un día antes de que el contrato pasara a ser de otra categoría, se lanzó a la piscina y decidió escribir.  Nos cuenta que el susto le vino cuando mandó la carta de renuncia al rector de la universidad.  Recuerda que tuvo pesadillas aquella noche, que soñó que iba al buzón de correo con un alambre para recoger la carta.  Ahora sigue vinculada a la didáctica y a la enseñaza del español pero como autora de manuales y de artículos.  Desde entonces se dedica de lleno a escribir.  Sus novelas principales son: El pintor de Flandes (2006), una serie de novela negra protagonizada por la comisaria Cornelia Weber-Tejedor  que se inicia con Entre dos aguas (2007) y La Detective miope (2010).

 

Rosa eres una mujer que creció y se educó en Barcelona, en la España de la transición democrática, ¿de qué manera te afectó esta etapa de la historia española? 

Claro que fue importante para mí porque viví la transición en una época en la que me estaba formando.  Lo que recuerdo de aquellos años de adolescencia es que mis padres me cambiaban de escuela con mucha frecuencia, con lo cual he probado todos los sistemas escolares habidos y por haber.  Me cambiaron en octavo curso de una escuela del Opus Dei a una escuela antiautoritaria, autogestionada por los alumnos y en catalán.   Durante estos años desarrollé una buena capacidad de adaptación al medio, la cual me ha ayudado el resto de mi vida.  Tengo que decir que probablemente por eso me adapto con facilidad a los cambios.

 

¿Qué te llamó más la atención cuando llegaste a Alemania?

Lo que más me llamó la atención cuando llegué a Alemania fue la diferencia entre las diversas generaciones de españoles que viven aquí.  Por un lado, estaría mi generación, los que llegamos con expectativas profesionales, con una buena formación,  y por otro lado, lo que sería la emigración antigua, la de los españoles que vinieron en los sesenta o setenta.  En ellos encontrabas el reflejo de un país que no existía.  A pesar de que había un contacto con España, se les había quedado una imagen de otro país, un país que ya había desaparecido.  Esto lo he intentado reflejar en mi novela Caída libre por medio de algunos personajes que están anclados en el pasado.  Me llamó mucho la atención que hubiera gente que vive en otra época.

  

¿No será ésta una peculiaridad de todos los que emigramos, que en cierta manera romantizamos el lugar que dejamos detrás y la época que vivimos allí?

Sí es cierto.  Creo que algunas imágenes que vives cuando estás allí de visita no llegan a cambiar el recuerdo que te llevaste.  A mí me sucede en algunas esquinas de Barcelona.  Cuando voy y digo, “Esto es nuevo”, me dicen, “No, Rosa, ya lo dijiste la última vez”.   Todavía mantienes la imagen de la ciudad que dejaste.  A la larga tiendes a idealizar algunos aspectos.  Cuando te vas porque quieres, porque eliges un país determinado para vivir, pasas por diferentes fases: al principio, como has elegido tú el nuevo lugar, todo te parece mejor, más interesante. Luego empiezas a pasar a una fase de desencanto en la que echas de menos lo que no tienes, y por fin llegas a un punto intermedio. Esto ocurre cuando llevas ya mucho tiempo afuera y ya no hay vuelta.  Vives aquí y ya no puedes volver.  Lo que has dejado ya no es lo que recuerdas de esa manera idealizada.  Además, si vivieras en tu país de origen estarías echando de menos aspectos de la vida de aquí.  Vives entre los dos mundos.

 

¿Cuál fue la idea que te movió a escribir tu primera novela El pintor de Flandes ubicada en el Siglo de Oro español en el que haces un retrato de la España de Felipe IV?

Tiene que ver mucho con mi familia alemana.  Mis suegros, Kurt y Roswita Reichenberger, tienen una editorial especializada en el Siglo de Oro, Reichenberger.  Ellos editan en español desde hace más de 25 años.  También fue uno de mis temas durante los estudios.  Resulta que un día durante una comida mi suegro, Kurt Reichenberger, empezó a contarnos de un cuadro sobre el que él estaba investigando, La degollación de Juan Bautista que se encuentra en el Museo del Prado.  Me quedé tan impactada, que le pedí permiso para novelar la teoría que él había expuesto entre el cuadro, el viaje de Buckingham a Madrid, el conde de Villamediana y otros personajes de la época.  Lo que le interesaba era saber qué significaba el cuadro y quién lo encargó, porque una obra de tales dimensiones no se pinta así porque sí.  Es el cuadro de mayor tamaño expuesto en el Museo del Prado. ¿Por qué se pintó algo así?  Hay muchos indicios de que el tema no es el banquete de Herodes como parece.  No es una instantánea que se haga en dos minutos.  Siempre se ha sospechado que detrás de este cuadro hay una trama política.   Hay un libro que a mí me sirvió mucho para la novela que se llama Europäische Allegorie en el que cuatro historiadores del arte analizan este cuadro y cada uno llega a conclusiones diferentes, tanto en relación con el significado del cuadro, como sobre quién pudo pintarlo.  Se ha investigado desde diferentes países europeos y todos coinciden en que los personajes masculinos son retratos y por la fisonomía es bastante latente que son Austrias.  Según la ropa que llevan algunos, son más bien prendas propias de la moda en países como Polonia o la actual Rumanía. No se sabe aún quién es el autor, unos dicen que fue el polaco Bartholomäus Strobel, otros que un pintor flamenco.  Para los historiadores del arte es un cuadro muy interesante, no por su valor pictórico sino porque es muy misterioso.  Según la teoría de Kurt Reichenberger, el que dio este cuadro en encargo fue el conde de Villamediana y la cabeza es del futuro Rey de Inglaterra, Jaime I, al que además le cortaron después la cabeza.  Es un cuadro que permite mucho juego.

 

Para tu primera novela elegiste como personaje central a Juan de Tassis, más conocido como Conde de Villamediana, una de las figuras más decadentes del Siglo de Oro, ¿calificarías esta primera obra como histórica?

Hay muchos personajes reales, claro está: Rubens, el conde Duque de Olivares, Felipe IV, las infantas, van Dyke y el Conde de Villamediana entre otros.  A todos estos personajes los mezclé con mi ficción y con el pintor Paul van Dyke, a quien le di un perfil como hijo adoptivo de la familia van Dyke.  La biografía está documentada en Anton van Dyke quien tiene su misma edad.  Es su hermano adoptivo que sospecha ser hijo bastardo de Rubens.  Precisamente por eso, porque ve que no puede llegar a lo mismo que su hermano Anton, acepta el trabajo en la  corte madrileña, para así intentar alcanzar el prestigio de su hermano.

La biblioteca de mi familia alemana me ayudó mucho para documentar los detalles biográficos de los personajes, la vida de la corte y del Madrid de la época que va descubriendo Paul van Dyke mientras pinta el cuadro.

 

La figura del conde de Villamediana fue muy polémica. Incluso después de su asesinato no se descubrió el motivo real, ¿era el amante del rey Felipe IV, de la reina Isabel de Borbón o de su criado Fernando, como insinúas en la novela?

La documentación acerca de la bisexualidad posible del conde de Villamediana la encontré en un libro de Luis Rosales, Pasión y muerte del conde de Villamediana, donde se afirma que se le iba a abrir un proceso inquisitorial por sodomía y que varios criados del conde fueron ajusticiados por sodomía.  A él no lo pudieron juzgar porque ya había muerto, claro.  El conde de Villamediana ha sido el modelo para la figura del don Juan.  En muchos de los estudios dedicados al donjuanismo se explica que existe una vinculación entre el fenómeno del donjuanismo y la homosexualidad no aceptada.  En el caso de Villamediana me ha quedado la imagen de una bisexualidad vivida por completo pero a escondidas, claro.

 

Al conde de Villamediana como personaje ya lo has rescatado del olvido en tu novela, pero como autor de poesía y teatro, ¿qué parte de su obra merecería ser rescatada del olvido? 

Fábulas en verso, “Polifemo”, “Faetón”, por ejemplo.  No es un poeta barroco de primera fila.  Lo que pasa es que en aquella época los grandes autores son muy grandes.  No está a la altura de Góngora o de Quevedo, pero es digno.  A veces es muy cargante, muy formal y muy amanerado, tiene poemas culteranos y conceptistas.  Tiene sonetos que están muy bien pero se está midiendo con los grandes.  Es que ser segundón en  el Siglo de Oro no está tan mal, ¿verdad?   Pero admito que no entra entre mis autores favoritos.

 

¿Por qué después de esta primera novela decidiste empezar a escribir novela negra?

En realidad mi primera novela ya fue una novela negra que escribí sobre la universidad alemana.  Es un texto que no se ha publicado nunca en el que había un español que quería matar a un profesor universitario alemán.  Ahí necesitaba a un personaje que se moviera entre los dos mundos y así fue cómo nació la protagonista principal de mi serie de novela negra, la comisaria Cornelia Weber-Tejedor.  Lo que pasa es que ella era entonces una protagonista secundaria que investigaba el caso, el protagonista principal era el asesino, que era este profesor.  

Sigo escribiendo novela negra porque es un género que me gusta, que me parece que aporta un armazón, una estructura muy útil para contar determinadas historias.  Cuando tenía la idea para lo que fue Entre dos aguas me pareció el género más importante.  Al principio pensé en escribir cinco novelas.  Ahora que ya llevo tres, pienso en un par más, porque dos son muy pocas.  Me gusta el personaje.  ¿Qué voy a hacer yo sin Cornelia?  Estoy siempre tomando notas para futuras novelas.  Esta comisaria es ya parte de mi vida.  Es un personaje con el que me gustaría tener un recorrido más largo, trabajar con ella y llevarla adelante, haciéndola evolucionar durante varias novelas más. 

 

¿Qué autores de este género te gustan más? 

Mi autor favorito es Manuel Vázquez Montalbán.  Me encanta Pepe Carvalho.  Es fantástico, quizás porque es de Barcelona como yo, claro.  También me gusta leer a Raymond Chandler, pero su novela es americana y no tiene nada que ver con mi serie que tiene un toque más europeo.  Otro autor que me gusta leer es el italiano Andrea Camilleri.  En sus novelas no hay acción marcada, se pone énfasis en la vida privada del personaje, todo su entorno, toda la psicología se trabaja más.  De autoras españolas de novela negra conozco la obra de Alicia Giménez Bertlett creadora de la comisaria Petra Delicado.  Pero ninguno de estos autores me ha influenciado a escribir como lo hago.  Tengo mi propio estilo.

 

La comisaria protagonista de tu serie, Cornelia Weber-Tejedor es dura, segura, organizada, calculadora, ¿qué cualidades de la protagonista consideras femeninas? 

En el trabajo—porque se mueve en un mundo de hombres—tiene que estar al nivel de ellos, es muy masculina, si quieres.  Pero es femenina en su forma de tratar a los subordinados, es más atenta, se preocupa de cómo se sienten sus compañeros.  Ya que salió antes la protagonista Petra Delicado yo diría que la diferencia entre las dos comisarias es que ella, Cornelia, es una comisaria que no se deja victimizar.  No se subvalora, es muy consciente de que ella ocupa su posición por sus propios méritos.  Trabaja entre hombres lo cual hace que tenga que mantener esta fachada tan fuerte sin ser tan militante, sin ir dando tantos codazos, como hace Petra Delicado.  Ella no discute, no deja que nadie le cuestione su posición y hace su trabajo porque es buena.   En cambio, en su vida privada, a medida que avanza la serie, tiene más líos, se calienta más la cabeza con todo.  Se hace cacaos impresionantes, no entiende a los hombres.  Es muy amiga de Reiner Fisher, su compañero de trabajo.  Tienen una amistad casi masculina, parecen casi dos chicos.  Precisamente he querido demostrar la posibilidad de una amistad entre los dos personajes sin ningún tipo de connotaciones sexuales.  Hay lectores que me han preguntado, ¿por qué no se lía con Reiner?  Pero no le quiero complicar más la vida a la pobre.   Es en su vida privada, en los conflictos con la familia, en cómo se preocupa por su hermano menor, o por sus padres que se van haciendo mayores.  En eso sí que es muy femenina.

 

Uno de los temas que más me han fascinado de tu serie de novela negra es la doble identidad cultural hispano-alemana de la comisaria Weber-Tejedor. ¿Qué aspectos de la cultura española ha heredado de su madre? 

Cada vez le va saliendo esta forma más apasionada. Se va atreviendo, se va lanzando, se va volviendo más apasionada en lo que hace.  Por otro lado, en su capacidad de reacción a determinadas situaciones.  Va soltándose. Tiene también un sentimiento de culpa constante, que es algo muy español.  Esa fachada que tiene al principio de una persona tan responsable, tan cumplidora, tan puntual va cambiando de una novela a otra.  A veces se da cuenta de que ha hecho bien en haber aprendido la parte española.  No es tan directa como los alemanes.  Se da cuenta que a veces es mejor no decir las cosas de una manera tan directa, o incluso que callarse en  un momento determinado tampoco es malo.  Esto lo va aprendiendo de su parte española.  La forma de expresarse un poco menos tajante va aprendiéndola también de su parte española.

 

Una de tus novelas policíacas, La detective miope, se ubica en Barcelona.  Al leerla pensé, ¿será  que Rosa ha decidido dejar Francfort?  ¿Cómo te decidiste a escribir este texto?

La verdad es que necesitaba un cambio.  Con esta novela me ha salido algo  totalmente diferente.  La serie de Cornelia es muy alemana, estructurada, planificada, medida.  En cambio, la Detective miope me ha salido una novela muy mediterránea, según ha afirmado la crítica.  No es policial, lo que importa es lo que pasa por la cabeza de la protagonista, Irene, y de los personajes que va encontrando por Barcelona, que no es la ciudad bonita, turística que muchos conocen.  Es una novela que escribí de otra manera.  Tenía unas ideas y sabía adónde iba pero, por decirlo usando una imagen que usó el autor argentino Raúl Argemí, “Se puede escribir las novelas con brújula o con mapa”.   Yo escribo las novelas de Cornelia con mapa pero La detective miope la escribí con la brújula.  Iba saliéndome sola.  Era otra forma de escribir.  Me hizo muy bien escribir esta novela entre Con anuncio y Caída libre.  La verdad es que ha influido positivamente en el personaje de Cornelia.  Ha cambiado el tono de la serie de mis novelas alemanas.  Los personajes en la Detective miope son un poco raros.  Tenemos la perspectiva de la protagonista que está buscando a quién mató a su familia.  A pesar de que acaba de salir del psiquiátrico, no ha perdido la capacidad de empatizar con la gente.  Siente un gran respeto por todo aquel con quien se va encontrando.  Todos tienen una gran pasión que los mueve y eso es lo que Irene respeta.

 

Volviendo al tema de la inmigración, tan latente en tus novelas, ¿crees que los españoles, que tenemos una tradición emigrante de siglos, nos hemos olvidado de nuestra historia?  Lo explica muy bien Celsa Tejedor al diferenciarse de “otros emigrantes”.

Sí, es que somos el país de la desmemoria.  Parece mentira que un país de tradición emigrante, donde se tendría que saber lo que significa dejar el país no por gusto, sino por necesidad, no tenga ni la más mínima empatía por la situación de estas personas.  Esto lo leí hace algunos años en un artículo de Juan Goytisolo que salió en El País que se titulaba, “Quién te ha visto y quién te ve”, donde hablaba de cómo es posible que personas que han sabido lo que es la explotación, el maltrato, cuando emigraron a Europa, ahora sean ellos mismos, como nuevos ricos, los que maltratan y explotan a otros emigrantes.  Lo curioso fue en el discurso de los emigrantes a los que entrevisté en los que te encontrabas con esta contradicción.  “Toda esta gente no sé a qué viene aquí”, me decían algunos.  “Aquí no cabemos más, que se vayan a sus países. Que cierren ya la puerta, que esto está lleno” me decían otros.  Esta contradicción me chocó y la quise reflejar en la madre de Cornelia, Celsa Tejedor.  Quizás sea un mecanismo de defensa, de autoafirmación de la identidad, de decir, “Nosotros ya somos parte de ellos”.   Pero lo cierto es que refleja una desmemoria brutal. 

 

Después de los hechos ocurridos el 15M en Madrid, ¿crees que nos encontramos ante una nueva ola de emigración española a Alemania?

Tenemos una generación entera que es una generación perdida.  Gente muy preparada pero que no encuentra una posibilidad mínima de trabajo.  Aquí en Alemania se necesitan determinados perfiles.  Se quiere controlar mucho a la gente que venga.  Lo cierto es que será un empobrecimiento brutal para España, no importa para dónde vayan.  Es una fuga de cerebros.  Gente con ganas de hacer cosas que no encuentra la manera de realizar sus proyectos.  Lo que está claro es que la gente no se quiere ir.  No sé en qué momento uno decide cuándo se tiene que ir hoy día.  En los setenta la necesidad era más brutal y por eso tantos españoles vinieron; pero ahora es gente que ha invertido mucho en su formación y que no está dispuesta a irse. 

 

¿Has tenido alguna reacción de lectores españoles a tus novelas? 

Sí, claro, una vez durante una lectura una señora decía, “Ella habla de nosotros”.  Me acuerdo de una lectura en la librería portuguesa de Francfort a la que vinieron muchísimos españoles de esta generación y había una señora que siempre asentía a todo lo que yo decía, “Sí, sí, así fue”. Después vino y me dijo, “Oye, que al médico que trata la familia de Marcelino yo lo conocí”.  Y que cuanto más insistía yo, más convencida estaba ella de que era el médico que ella conocía.  También el caso de otra señora que me contaba que una vez en una de las mesas de un club español estaban hablando de Marcelino Soto, uno de los personajes,  y de su familia como si los conocieran.  Se sentían muy identificados con ellos.  Otra vez en una lectura, que fue preciosa, se levantó un señor y me dijo, “Acaba usted de leer la historia de mi mujer”.  En este sentido estoy muy contenta, porque la gente cree que ésta es su historia, que son ellos los representados en la novela.  Las historias que cuento están tomadas de la realidad porque yo entrevisté a mucha gente.  Las historias que me contaron eran tan impactantes, tan tristes, tan divertidas.  Tenían una mezcla de todo.  No sabía si incluirlas o no, en un momento pensé que no tenían cabida en una novela policiaca, pero decidí permitirme incluir algunas de estas historias: Celsa Tejedor que es la mujer que acepta las ventajas de ser alemana sin olvidar sus raíces, Marcelino Soto que es el hombre que lucha por la comunidad española aquí, Magdalena Ríos que es la persona que nunca llegó, que ha estado viviendo siempre entre paréntesis durante toda su vida, que solamente ha pensado en volver a casa. Todas eran historias que había escuchado.  Al presentarlas al público siempre hay alguien que dice, “Esa soy yo”, y eso es fabuloso.

 

Cada vez más europeos vivimos en un país diferente al que nos vio nacer y crecer.  Como española que vive en Alemania, ¿hasta qué punto crees que hemos conseguido los europeos borrar por fin algunas de las imaginarias fronteras?

Siempre depende de dónde vivas; Frankfurt es un poco diferente a Munich y a Berlín.  Tengo la suerte de vivir en una ciudad con mucha capacidad de absorción de gente de otros sitios.  Lo que sí he notado es que ese optimismo inicial que yo tenía cuando llegué, que pensaba que en un momento yo pensaría que ya no me iba a sentir extranjera, lo he abandonado.  Seré aquí extranjera mientras viva.  Tengo la suerte de ser de un país cuya imagen ha mejorado muchísimo con los años.  Siempre vas a tener que superar primero los estereotipos y perjuicios que tienen: flamenco, toros, siestas, etc.  Después, por mejor que hable alemán, cada vez que abra la boca sabrán que no soy de aquí.   Pero si ahora nos fuéramos a vivir a España seríamos las alemanas.  En el futuro, quizás no será tan importante porque todos estaremos más mezclados y no importará de dónde eres.   De todas formas, nosotras lo tenemos muy fácil.  Todo el mundo ha estado en Barcelona o quiere ir a visitar la ciudad.  Con el contacto más intenso van minando todos los estereotipos.  Cada vez que me preguntan, con la mejor intención del mundo, ¿de dónde eres?  Ya me están diciendo que no soy de aquí.  Pero con eso tenemos que vivir.  También significa que no has abandonado tu cultura, tu identidad, una parte de lo que eres sigue estando contigo.  Adoptas lo que te va, lo que te gusta del país en el que vives. Pero no dejamos nunca de ser extranjeros.

 

Referencias en la web >> http://www.rosa-ribas.com/

 

 © Ana M. Brenes
 

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