Existe una versión simple de esta historia según la cual los españoles llegaron, prohibieron las lenguas americanas e impusieron el castellano. La documentación disponible no la sostiene, y el recorrido real es bastante más revelador sobre cómo funciona una dominación lingüística.
La etapa de las lenguas generales
Durante buena parte del período colonial la corona y la Iglesia adoptaron una política pragmática: evangelizar en las lenguas de los evangelizados.
El resultado fue la promoción de las llamadas lenguas generales. El náhuatl en Nueva España, el quechua y el aymara en el Perú, el guaraní en el Paraguay y el Río de la Plata, el muisca en Nueva Granada funcionaron como vehículos de la administración religiosa, y en varios casos se extendieron a territorios donde antes no se hablaban.
Ese es un dato que conviene retener: el quechua alcanzó su máxima difusión geográfica bajo dominio español, no bajo el incaico. La colonia no sólo no eliminó las lenguas indígenas principales; utilizó algunas para desplazar a otras.
Las órdenes religiosas produjeron en consecuencia una enorme obra lingüística: gramáticas, vocabularios, catecismos y confesionarios impresos desde el siglo XVI. Buena parte de lo que sabemos hoy sobre esas lenguas proviene de ese aparato.
El giro borbónico
El cambio llega tarde. Una real cédula de Carlos III, en 1770, ordena que se extingan los diferentes idiomas de los dominios y que se hable únicamente el castellano.
La medida forma parte del programa borbónico de centralización administrativa y coincide con la expulsión de los jesuitas, que habían sido los principales sostenedores de las lenguas indígenas en varios territorios. Su motivación es de gobierno más que cultural: un imperio que quiere administrarse de manera uniforme necesita una lengua única.
El cumplimiento fue irregular y parcial. Faltaba la infraestructura que la castellanización efectiva requería y que aún no existía.
La república, que es donde ocurre
Esa infraestructura llegó con los Estados nacionales del siglo XIX y, sobre todo, con la escuela primaria obligatoria de finales de ese siglo y comienzos del XX.
Las repúblicas independientes necesitaban una identidad nacional homogénea, y la lengua fue el instrumento principal. La escuela castellanizó donde tres siglos de administración colonial no lo habían logrado, y lo hizo con métodos que la memoria oral de muchas comunidades todavía registra: el castigo por hablar la lengua propia dentro del aula.
La conclusión incómoda es que el desplazamiento masivo de las lenguas indígenas americanas es un fenómeno mayoritariamente republicano. La colonialidad lingüística sobrevivió a la colonia y se profundizó después de ella.
Lo que quedó en el castellano
El proceso dejó huellas en las dos direcciones. El castellano americano incorporó léxico indígena en cantidad y, en zonas de contacto prolongado, rasgos fonéticos y sintácticos: el castellano andino, el paraguayo en contacto con el guaraní y el del noroeste argentino conservan estructuras atribuibles a ese sustrato.
Esas variedades cargan además un estigma persistente. Lo que es resultado de un contacto histórico se lee como error, y la jerarquía colonial reaparece intacta en el juicio escolar sobre cómo habla un alumno.
Ese es el punto donde la historia lingüística deja de ser historia. Un docente que corrige un rasgo andino como incorrecto está aplicando, sin saberlo, una decisión administrativa del siglo XVIII.