El noroeste argentino –Jujuy, Salta, Tucumán, Catamarca, Santiago del Estero, La Rioja– fue territorio quechuahablante durante siglos, primero bajo influencia incaica y después bajo una administración colonial que utilizó el quechua como lengua general de evangelización.
En Santiago del Estero esa continuidad no se interrumpió: la variedad local conocida como quichua santiagueño se habla todavía, y es el único caso de quechua conservado de forma ininterrumpida en territorio argentino, fuera de la migración reciente.
Lo que quedó en el castellano
El contacto prolongado dejó rasgos identificables en el castellano de la región, y conviene enunciarlos como lo que son: resultados de una historia, no desviaciones.
En el plano léxico, la presencia quechua es abundante y en buena medida naturalizada: términos del campo, de la comida, del cuerpo y del parentesco que ningún hablante percibe ya como préstamos.
En el plano gramatical hay estructuras atribuibles al sustrato, como ciertos usos de los tiempos verbales compuestos y construcciones posesivas que no coinciden con la norma rioplatense. En el plano fonético, la entonación –la llamada tonada– es el rasgo más inmediatamente perceptible y el más estigmatizado.
El mecanismo del estigma
La jerarquía lingüística argentina tiene un centro claro: el castellano de Buenos Aires, difundido por la radio, el cine, la televisión y el sistema educativo como variedad neutra.
Frente a él, las variedades del interior quedaron marcadas. La tonada norteña aparece en la ficción nacional asociada de manera bastante consistente al personaje rural, simple o servil, y esa asociación repetida hace un trabajo que ninguna prescripción explícita haría tan bien.
El resultado es medible en conductas: hablantes que atenúan su tonada al mudarse, que la recuperan al volver, o que la mantienen deliberadamente como afirmación. La variación no es azarosa; responde a lo que cada situación premia.
La escuela
El punto donde el problema se vuelve institucional es el aula. Un docente que corrige un rasgo de contacto como error ortográfico o gramatical está aplicando, sin saberlo, una decisión política del siglo XVIII y una jerarquía cultural del XIX.
La lingüística educativa lleva décadas proponiendo la alternativa: enseñar la variedad estándar como un registro adicional y no como la corrección de un defecto. El alumno suma un código en lugar de reemplazar el suyo.
La distancia entre esa propuesta y la práctica corriente sigue siendo grande, y depende menos de la formación docente que de lo que las familias y los propios alumnos esperan de la escuela, que suele ser precisamente la variedad de prestigio.
Identidad, con sus tensiones
En las últimas décadas apareció un movimiento en sentido contrario. La música folclórica, los festivales, el turismo cultural y las políticas provinciales revalorizaron la tonada y el léxico regionales como patrimonio.
Esa revalorización es real y tiene un efecto ambiguo que conviene registrar. Convierte el rasgo en emblema y lo protege; y al mismo tiempo lo folcloriza, es decir lo admite en la fiesta y en la canción mientras el aula y la oficina siguen funcionando con la norma central.
La marginalidad lingüística no se resuelve celebrando la diferencia. Se resuelve cuando la variedad deja de tener costo en los lugares donde se decide algo.