Ningún país latinoamericano tuvo un arte oficial tan potente como México, y por eso en ninguno la salida costó tanto. El muralismo de Rivera, Orozco y Siqueiros no fue sólo un movimiento estético: fue un programa estatal, con presupuesto, muros públicos y una función pedagógica explícita después de la Revolución, en un país que venía construyendo su relato nacional desde la independencia en 1821.

El arte contemporáneo mexicano empieza, en buena medida, como el problema de qué hacer con esa herencia.

La ruptura

Hacia finales de los años cincuenta un grupo de artistas jóvenes – José Luis Cuevas el más ruidoso, junto a Manuel Felguérez, Lilia Carrillo, Vicente Rojo, Fernando García Ponce – planteó que el nacionalismo pictórico se había vuelto una fórmula. Cuevas lo formuló en 1956 en un texto célebre, “La cortina de nopal”, donde acusaba al medio mexicano de aislarse detrás de un folclorismo obligatorio.

La Generación de la Ruptura no fue un estilo común sino un permiso: abstracción, informalismo, geometría, dibujo expresivo, y sobre todo la posibilidad de no pintar la nación. Que hubiera que pelear por ese permiso dice cuánto pesaba el modelo anterior.

Conviene evitar la caricatura. Los muralistas no fueron académicos rígidos y la Ruptura no fue una vanguardia unificada; hubo continuidades en ambas direcciones. Pero el eje del debate – compromiso social frente a autonomía formal – organizó la discusión mexicana durante décadas.

Los años setenta: salir del cuadro

La generación siguiente desplazó el problema. Los llamados Grupos – Proceso Pentágono, Suma, No Grupo, Tepito Arte Acá, entre otros – trabajaron en colectivo, en la calle y con medios que no eran la pintura: acción, instalación, gráfica, intervención urbana.

El contexto es inseparable: la matanza de Tlatelolco en 1968 y la represión de los años siguientes hicieron impracticable un arte que ignorara la política, y al mismo tiempo desacreditaron el arte político de encargo estatal. Los Grupos buscaron un tercer lugar, fuera del museo y fuera del mural oficial.

Buena parte de esa producción quedó mal documentada, porque era efímera por definición y porque las instituciones no la coleccionaron. Su recuperación es una de las tareas historiográficas activas del arte latinoamericano.

Los noventa y la internacionalización

El cambio decisivo llega con el Tratado de Libre Comercio y la apertura de los años noventa. México pasa a ser un destino del circuito internacional: llegan artistas extranjeros a vivir a la Ciudad de México, se abren espacios independientes, y una generación local – Gabriel Orozco como figura más visible, junto a Abraham Cruzvillegas, Damián Ortega, Minerva Cuevas, Teresa Margolles, Francis Alÿs radicado allí – empieza a exponer en bienales y museos del norte.

El vocabulario cambia por completo: objeto encontrado, escala pequeña, humor, materiales pobres, gesto conceptual. Orozco hace de la fotografía de un hallazgo cotidiano una obra completa. Es lo más lejos que se puede estar de un mural.

Con la internacionalización llegó también una crítica que sigue vigente: la sospecha de que el circuito global premia una mexicanidad legible desde afuera – la violencia, la frontera, lo precario – y que el artista local termina produciendo para esa expectativa.

Dónde está hoy la discusión

El arte contemporáneo en México convive hoy con un mercado consolidado, ferias de escala regional y un sistema de becas estatales que sigue siendo determinante. Las preguntas activas no son ya sobre el muralismo sino sobre la relación entre ese circuito y el país donde ocurre: qué significa exponer sobre desaparición forzada en una galería, quién accede a la formación, y qué pasa con las prácticas que no caben en el formato exportable.

Son las mismas preguntas que el arte latinoamericano se hace en general, planteadas en el país donde el arte tuvo más poder institucional y donde por eso las respuestas importan más.