El autorretrato parece el más simple de los géneros pictóricos y es el más cargado. Un retrato encargado responde a la voluntad de quien paga; un autorretrato no responde a nadie, y por lo tanto cada una de sus decisiones es del pintor y sólo suya. Eso lo convierte en un documento de una franqueza incómoda.
Una condición técnica
El género depende de un objeto: el espejo. Antes de que Venecia industrializara la fabricación de espejos planos de vidrio azogado, en el siglo XVI, un pintor podía verse en metal pulido o en superficies convexas, con deformación. Los primeros autorretratos europeos son por eso escasos y suelen esconderse dentro de escenas mayores, como una figura secundaria que mira al espectador.
Cuando el espejo se vuelve accesible, el género se independiza. Durero se pinta de frente, en una pose reservada hasta entonces a la imagen de Cristo, y firma el gesto con una audacia que todavía sorprende. Rembrandt se pinta durante cuarenta años y deja, casi sin proponérselo, el registro más completo que existe de un rostro envejeciendo.
Hay una consecuencia técnica que rara vez se menciona y que explica muchas composiciones: el espejo invierte. La mayoría de los pintores diestros se representan con el pincel en la izquierda, o resuelven el problema ocultando las manos. Cuando la mano aparece y está en el lado correcto, hubo un segundo espejo o una decisión deliberada.
La mirada devuelta
El rasgo que define al género es que el retratado mira. En casi cualquier otro cuadro la mirada de la figura se dirige a algo dentro de la escena; en el autorretrato se dirige hacia afuera, porque el modelo estaba mirándose.
El efecto sobre quien observa es específico y no del todo cómodo: ocupamos el lugar del espejo. La pintura nos asigna una posición que originalmente era del propio pintor, y ese desplazamiento es la razón por la que un buen autorretrato se siente distinto de un buen retrato.
Los pintores lo saben y juegan con ello. Un autorretrato puede sostener la mirada, esquivarla, cerrar los ojos o interponer un objeto, y cada opción dice algo sobre la relación del artista con el hecho de ser visto.
El autorretrato como reclamo
En la historia del arte latinoamericano y en la del arte hecho por mujeres, el género adquiere una función adicional. Pintarse es afirmar que la propia cara merece un cuadro, y esa afirmación no fue neutra para quienes no aparecían en los retratos oficiales.
Frida Kahlo es el caso más conocido y también el peor leído. Sus autorretratos suelen explicarse por la biografía – el accidente, el dolor, la relación con Rivera – cuando la decisión formal es lo más notable: el rostro frontal, casi heráldico, tomado de la pintura devocional mexicana y de los exvotos, puesto al servicio de una persona viva y no de un santo. Es una operación sobre el lenguaje de la imagen religiosa, no una confesión.
El mismo desplazamiento se repite en el arte de las últimas décadas con otros medios. La fotografía, el video y la performance heredaron el problema del autorretrato y lo volvieron más explícito: quién se representa, con qué convención y para quién.
Por qué el género no envejece
Cada tecnología de la imagen reabre la pregunta. La fotografía no mató al autorretrato pintado; produjo una variante. La cámara frontal del teléfono tampoco lo mató, aunque cambió su escala: hoy se producen más imágenes de uno mismo en un día que en toda la historia previa del género.
La diferencia sigue siendo la misma que separaba a Rembrandt de un retrato de encargo. Un autorretrato exige una decisión sostenida sobre cómo se quiere ser visto, y esa decisión es visible en el resultado. La mayoría de las imágenes que hacemos de nosotros mismos no la toman, y por eso se parecen tanto entre sí.