Hacia 1582 los Carracci – Ludovico y sus primos Agostino y Annibale – abrieron en Bolonia un taller de enseñanza que la historiografía conoce como Accademia degli Incamminati, los encaminados. Lo que fundaron no fue una escuela en el sentido estilístico sino un procedimiento: dibujo del natural sistemático, estudio de la anatomía, copia de los maestros y una desconfianza explícita hacia el amaneramiento tardío del siglo XVI.
Esa combinación resultó exportable como pocas cosas en la historia de la pintura, y España fue uno de sus destinos.
Qué viajaba exactamente
Conviene precisar el objeto, porque hablar de influencia en abstracto no explica nada. De Bolonia salieron tres cosas distintas hacia la península.
La primera fueron cuadros. Los virreyes españoles en Nápoles y los embajadores en Roma compraron obra boloñesa con constancia, y buena parte de ella terminó en colecciones reales y nobiliarias que después alimentaron el Museo del Prado. Guido Reni, Guercino, Domenichino y el propio Annibale están representados allí en cantidad, y esa presencia física importa: los pintores españoles los vieron.
La segunda fueron grabados. La escuela boloñesa fue extraordinariamente activa en la estampa – Agostino Carracci era un grabador de primer orden – y el grabado circulaba donde el cuadro no llegaba. Muchos artistas de la península conocieron las composiciones boloñesas en blanco y negro, sobre papel, antes que en color.
La tercera fueron personas. Los pintores españoles que pasaron por Roma entre finales del siglo XVI y el XVII se formaron en un ambiente donde el clasicismo boloñés era una de las dos alternativas dominantes, siendo la otra el naturalismo de Caravaggio.
Las dos opciones y la elección española
Ese reparto explica la forma que tomó la recepción. Roma ofrecía dos modelos opuestos: el tenebrismo caravaggesco, con su luz cortante y sus modelos de la calle, y el clasicismo boloñés, con su composición equilibrada, su color claro y su idealización medida.
España tomó primero el naturalismo. El Ribera de los años veinte y el Velázquez sevillano están más cerca de Caravaggio que de Reni. Pero el eco boloñés se hace audible después, y en un terreno concreto: la pintura devocional de gran formato, donde hacía falta una composición legible, una figura noble y un color que no se oscureciera con el tiempo.
La dulzura de Guido Reni, en particular, dejó huella en la imagen religiosa española del siglo XVII y, a través de ella, en la estampa devocional que circuló por América durante los dos siglos siguientes. Es una de las vías por las que un método didáctico boloñés terminó determinando el aspecto de una virgen pintada en Cuzco o en Quito.
Método, no estilo
La conclusión que este tipo de rastreo permite es menos vistosa que la lista de influencias y más útil. Lo que los Carracci exportaron con éxito no fue una manera de pintar reconocible sino una manera de formar pintores: el dibujo diario, el estudio del cuerpo, la copia analítica.
Las academias europeas de los siglos siguientes, incluida la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, adoptaron ese programa casi sin variantes. Cuando se dice que la pintura boloñesa dejó ecos en España, buena parte de lo que se está diciendo es que estructuró la enseñanza, y la enseñanza dura más que un estilo.
Ese es también el motivo por el que el rastro es difícil de ver en un cuadro concreto y evidente en el conjunto. Los métodos no se firman.