El traje de china poblana –falda amplia bordada con lentejuelas, blusa blanca, rebozo– es uno de los emblemas visuales de México, presente en el ballet folclórico, en el cine de la Época de Oro y en cualquier representación turística del país. Detrás de él hay una historia real bastante menos decorativa.

Catarina de San Juan

Las fuentes coloniales del siglo XVII refieren la vida de una mujer llamada Catarina de San Juan, muerta en Puebla en 1688. Según esas fuentes había nacido en la India, había sido capturada por piratas de niña, vendida como esclava en Manila y embarcada en el Galeón de Manila hacia Acapulco, donde fue comprada por un matrimonio poblano.

Vivió el resto de su vida en Puebla, fue liberada, se casó por conveniencia y terminó adquiriendo fama de visionaria y beata. A su muerte se le hicieron exequias multitudinarias y se escribieron al menos dos biografías hagiográficas, que son la base de casi todo lo que se sabe.

Dos precisiones que conviene sostener. La primera es que “china” en el español novohispano no significaba necesariamente originaria de China: se aplicaba de forma vaga a personas llegadas por el Pacífico a través de Filipinas. La segunda es que la conexión entre esta mujer y el traje que lleva su nombre es cuestionada por buena parte de la historiografía; la asociación se consolidó en el siglo XIX, más de cien años después de su muerte.

De persona a tipo

El recorrido por el que una biografía se convierte en emblema es el aspecto interesante del caso.

En el siglo XIX, la “china” pasó a designar en México a un tipo social: la mujer del pueblo, mestiza, de clase trabajadora urbana, con una forma de vestir reconocible. Los cuadros de castas y la litografía costumbrista la fijaron como figura pintoresca.

Tras la Revolución, cuando el Estado necesitó símbolos de identidad nacional, ese tipo fue promovido a traje típico, con Puebla como origen atribuido. El cine y el ballet folclórico hicieron el resto: el vestido se estandarizó, se volvió más brillante y se asoció de manera fija al jarabe tapatío, que es de Jalisco y no de Puebla.

Lo que el emblema borra

Al final del recorrido, un símbolo del mestizaje mexicano tiene en su origen documentado a una mujer asiática esclavizada, transportada en la ruta comercial que unió Manila con Acapulco durante dos siglos y medio.

Esa ruta es la parte más olvidada de la historia colonial americana. El Galeón de Manila movió plata, seda, porcelana y también personas, y dejó en la costa del Pacífico mexicano una población de origen asiático cuya huella se disolvió en la categoría genérica de “chino”.

El emblema nacional, al fijarse, borró exactamente eso: la dimensión transpacífica y la esclavitud. Quedó el traje.

Por qué el caso vale la pena

No se trata de desmontar un símbolo por el gusto de hacerlo. La china poblana seguirá siendo un traje querido y eso no está en discusión.

Lo que el caso ofrece es un ejemplo particularmente nítido de cómo funciona la construcción de lo nacional: se toma un elemento con una historia compleja, se lo despoja de las partes que no encajan, se lo estandariza y se lo declara propio y antiguo. El procedimiento es el mismo en todos los países; aquí se puede seguir paso a paso porque las fuentes existen.

Recuperar a Catarina de San Juan no le quita nada al traje. Le agrega el Pacífico, que es una dimensión entera de la historia mexicana que el relato nacional dejó afuera.