El remake es raro en el cine argentino, y el de La patota es doblemente excepcional: no sólo existe, sino que las dos versiones son buenas y la distancia entre ellas es tan grande que el par funciona como instrumento de medición.
La primera la dirigió Daniel Tinayre en 1960, con Mirtha Legrand en el papel principal. La segunda la dirigió Santiago Mitre en 2015, con Dolores Fonzi, y se estrenó en Cannes con el título internacional Paulina.
El punto de partida común
El argumento base es el mismo en las dos. Una joven de familia acomodada decide ir a enseñar a un lugar pobre y alejado, contra la voluntad de su padre. Allí es violada por un grupo de hombres del lugar. Y toma una decisión que el entorno no comprende: continuar con el embarazo y seguir enseñando.
Hasta ahí la coincidencia. Todo lo demás difiere, empezando por qué significa esa decisión.
1960: el sacrificio
La versión de Tinayre pertenece al melodrama, y su protagonista es una figura de sacrificio. La película construye a la maestra como una mujer excepcional cuya virtud se prueba en el sufrimiento, y el acto de seguir adelante se presenta como abnegación cristiana.
La puesta lo subraya: música expresiva, claroscuros, primeros planos de rostro sostenidos. El público debía admirar y compadecer a la vez, y el film organiza cada recurso hacia ese efecto.
El agresor, en esa lógica, es un elemento del paisaje moral. La película no se interesa por explicarlo; le basta con que encarne una brutalidad que la protagonista redime con su conducta.
Hay que decir que la película fue audaz para su momento y su censura: puso el tema en pantalla en un país donde no se hablaba de él.
2015: la decisión
Mitre hace lo contrario en casi todos los planos. Cámara nerviosa y a menudo en mano, sonido directo, sin música subrayando, elipsis en lugar de énfasis. Y sobre todo, una protagonista que no explica sus motivos.
Paulina es abogada, tiene una carrera por delante, milita en un proyecto político territorial, y su decisión de continuar con el embarazo no se presenta como virtud sino como una elección propia que ella se niega a justificar ante nadie: ni ante su padre juez, ni ante su pareja, ni ante el espectador.
Ese rechazo a explicar es el centro del film y la razón por la que incomoda. El melodrama entrega un sentido; Mitre lo retiene.
La otra diferencia decisiva está en los agresores. La versión de 2015 les da rostro, historia y palabra, y muestra el mundo del que vienen sin usar eso como atenuante. Es un movimiento difícil de sostener y la película lo sostiene.
Lo que el par mide
Comparadas, las dos Patotas hacen visible un desplazamiento que va mucho más allá del cine argentino.
En 1960 la violencia sexual era un asunto de honor y redención, y el relato se ocupaba de la respuesta moral de la víctima. En 2015 es un asunto de autonomía, y el relato se ocupa de quién tiene derecho a decidir por ella. La primera versión pregunta si la protagonista es buena; la segunda pregunta por qué todos creen tener voz en su vida.
Que la segunda se estrenara en Argentina en 2015, meses antes de la primera marcha de Ni Una Menos, no es casualidad ni influencia directa: es la misma conversación llegando a dos lugares a la vez. Pocas veces un remake sirve tan bien para fechar un cambio.