Sense8 se emitió entre 2015 y 2018, creada por Lana y Lilly Wachowski junto a J. Michael Straczynski. La premisa: ocho personas de distintos países descubren que forman un “clúster”, un grupo psíquicamente conectado que puede compartir sentidos, conocimientos y habilidades.

Es ciencia ficción, y la elección del género no es decorativa: la conexión mental es el dispositivo que permite plantear, en términos literales, preguntas sobre identidad que de otro modo serían abstractas.

El dispositivo y lo que argumenta

Cuando un personaje “visita” a otro, la serie lo filma habitando su cuerpo. Un coreano en Seúl pelea usando los reflejos de otro; un keniano conduce con la pericia de una alemana. La experiencia del otro deja de ser metáfora y se vuelve mecánica narrativa.

La consecuencia temática es directa. Si la identidad puede compartirse, distribuirse y habitarse, entonces las categorías que la organizan – nación, género, orientación, lengua – son fronteras convencionales antes que naturales. La serie no lo enuncia en un diálogo: lo pone en el funcionamiento de su mundo.

Ese es el mérito formal principal de Sense8 y lo que la distingue de la ficción de tesis.

Nomi, y la diferencia que hace la posición del autor

Nomi Marks, interpretada por Jamie Clayton, es una mujer trans, hacker y bloguera, en pareja con Amanita. Las dos Wachowski son mujeres trans; Lana hizo pública su transición en 2012 y Lilly en 2016, durante la producción de la serie.

Esa coincidencia se traduce en decisiones concretas de escritura. Nomi no es un personaje cuya trama consista en ser trans: tiene una profesión, una pareja estable, un conflicto familiar y una función clara en la intriga. La serie dedica tiempo a su relación con una madre que se niega a usar su nombre y la interna a la fuerza, y filma esa violencia sin espectacularizarla.

Lo mismo vale para Lito, actor mexicano de éxito que oculta su homosexualidad. Su arco recorre el armario profesional con una especificidad – el agente, la prensa, la actriz que hace de tapadera – que sólo se consigue conociendo el medio.

La comparación con la representación habitual de personajes LGBTQ en televisión es instructiva: lo que cambia no es la existencia del personaje sino su lugar en la estructura. No están para representar un tema.

La producción como parte del argumento

Sense8 se rodó en locaciones reales en Chicago, San Francisco, Londres, Berlín, Reikiavik, Nairobi, Bombay, Seúl, Ciudad de México y Berlín, con equipos locales y diálogos en varios idiomas. Fue una de las producciones más caras de Netflix en su momento y la razón de su cancelación tras dos temporadas.

Esa decisión de producción es coherente con la tesis. Una serie sobre la conexión entre lugares que se rodara en un estudio con pantallas se contradiría a sí misma. Aquí el presupuesto está puesto donde está el argumento.

Las objeciones

Hay dos y son razonables. La primera es de tono: la serie es abiertamente sentimental, con secuencias de éxtasis colectivo y música empleada sin ironía, y esa falta de distancia irrita a una parte del público.

La segunda es política: la representación de las ciudades del sur global es a veces turística, y las tramas de Nairobi y Bombay recurren a repertorios reconocibles. Que la serie filme en el lugar no garantiza que lo mire sin clichés.

Ninguna de las dos anula el logro. Sense8 usó un dispositivo de ciencia ficción para hacer un argumento sobre la identidad, y lo hizo desde una posición autoral que se nota en el detalle. En televisión eso sigue siendo raro.