Tomás Gutiérrez Alea (1928-1996) es el cineasta cubano más conocido fuera de la isla y también el más difícil de encasillar políticamente, porque su posición no admite ninguna de las dos simplificaciones disponibles: no fue un propagandista ni fue un disidente.
Titón, como lo llamaban, fue fundador del ICAIC en 1959 y permaneció en Cuba toda su vida. Desde esa posición filmó una obra cuyo rasgo constante es la crítica interna.
Memorias del subdesarrollo
Memorias del subdesarrollo (1968) es su película central y una de las mayores del cine latinoamericano. Adapta la novela de Edmundo Desnoes y sigue a Sergio, un burgués habanero que decide quedarse cuando su familia y su mujer se van a Miami, y que observa la Revolución desde una distancia irónica y cada vez más estéril.
Lo notable es la construcción del punto de vista. La película adopta la mirada de Sergio – su voz en off, su desprecio por casi todo, su condescendencia con las mujeres – y al mismo tiempo la desmonta, intercalando material documental, noticieros y registros de la crisis de los misiles que contradicen su lectura del mundo.
El resultado es un film que no juzga por el diálogo sino por el montaje. Sergio no es refutado: es dejado a la intemperie, cada vez más solo, mientras la historia ocurre afuera. Que una película producida por un instituto estatal revolucionario diera voz durante noventa minutos a un personaje reaccionario, y lo hiciera con inteligencia, indica el margen que existía en 1968 y que después se estrechó.
La comedia como método
Gutiérrez Alea fue sobre todo un director de comedia, y ahí ejerció la parte más filosa de su trabajo.
La muerte de un burócrata (1966) es una farsa sobre un hombre que necesita exhumar a su tío para recuperar un carnet laboral enterrado con él, y que queda atrapado en una maquinaria de formularios. La sátira del papeleo revolucionario era explícita y se toleró.
Guantanamera (1995), su última película, repite la estructura del traslado de un cadáver y la convierte en un retrato del Período Especial: escasez, transporte roto, invención permanente para sobrevivir. Fue criticada dentro de Cuba por esa misma razón.
La comedia le permitió decir cosas que el drama no habría podido. Es una estrategia vieja y él la usó con plena conciencia.
Fresa y chocolate
Fresa y chocolate (1993), codirigida con Juan Carlos Tabío, es su film más visto y el primero cubano nominado al Oscar. Cuenta la amistad entre Diego, un intelectual homosexual, y David, un joven militante comunista que empieza vigilándolo.
Su importancia es histórica antes que formal: puso en pantalla la persecución de los homosexuales en la Cuba de los sesenta y setenta, incluidas las UMAP, en una producción estatal. La discusión sobre si constituyó una apertura real o una autocrítica administrada sigue abierta, y ambas posiciones tienen argumentos.
Por qué es un paradigma
La obra de Gutiérrez Alea plantea la pregunta que atraviesa la cultura cubana desde 1959: qué espacio hay para la crítica dentro de un proyecto que uno sostiene.
Su respuesta fue práctica, no teórica. Se quedó, trabajó dentro de la institución, y usó la comedia y el montaje para decir lo que el discurso directo no permitía. Eso le valió reproches de los dos lados: insuficientemente crítico para el exilio, demasiado para los sectores duros de la isla.
La obra sobrevivió a las dos objeciones, que es lo que suele ocurrir cuando un cineasta elige describir su lugar en vez de defenderlo.