Alicia en el pueblo de Maravillas, dirigida por Daniel Díaz Torres, se estrenó en La Habana en junio de 1991 y fue retirada de las salas a los pocos días, tras una campaña de prensa oficial y manifestaciones organizadas a la puerta de los cines. El episodio provocó una crisis institucional que estuvo cerca de disolver el ICAIC, el instituto de cine cubano.
La película
El argumento parte de una premisa alegórica transparente. Alicia, una joven instructora de teatro, es enviada al pueblo de Maravillas, un lugar aislado al que se llega en un ómnibus destartalado y del que, como descubre pronto, resulta muy difícil salir. Sus habitantes fueron todos enviados allí por algún error o alguna falta, la burocracia local es absurda, las aguas termales del balneario huelen a azufre y el director del sanatorio ejerce un poder difuso sobre todos.
La estructura es la de la sátira: episodios encadenados, personajes-tipo, humor grotesco. La tradición a la que pertenece es más centroeuropea que caribeña, y las comparaciones de la época con el cine checo de los sesenta no son forzadas.
El motivo del encierro organiza todo el film. Maravillas funciona como un dispositivo del que se entra fácilmente y no se sale, donde la vigilancia no está centralizada en una torre sino distribuida entre los propios vecinos. De ahí la lectura panóptica que la crítica posterior propuso: el control no lo ejerce un guardián sino la comunidad sobre sí misma.
Por qué en 1991 y no antes
El contexto lo explica casi todo. La película se estrenó en el peor momento de la historia económica de la Cuba revolucionaria: caída del bloque soviético, inicio del Período Especial, apagones, escasez y una discusión soterrada sobre reformas.
En ese clima, una sátira sobre un lugar cerrado y mal administrado no se leyó como comedia. La respuesta oficial fue inmediata y desproporcionada: artículos en Granma, grupos movilizados a las salas, y la retirada del film.
Conviene registrar que el cine cubano había producido crítica interna antes –La muerte de un burócrata de Gutiérrez Alea, de 1966, se burla de la burocracia con dureza– y no había pasado nada semejante. La diferencia no estaba en el grado de crítica sino en el momento.
La crisis institucional
La consecuencia más importante no fue la censura de una película sino lo que vino después. El gobierno intentó fusionar el ICAIC con los estudios de cine de las Fuerzas Armadas y con la televisión, una medida que en la práctica habría liquidado su autonomía.
Los cineastas cubanos se opusieron en bloque. Alfredo Guevara, fundador del instituto, volvió a dirigirlo, y la fusión se abandonó. El ICAIC sobrevivió, pero el episodio dejó fijado un límite: quedó claro hasta dónde llegaba la tolerancia y qué costaba cruzar la línea.
Díaz Torres siguió trabajando y el film volvió a exhibirse años después. Su reputación crítica actual está inevitablemente condicionada por el escándalo: se lo discute más como caso que como película, lo que probablemente le hace tan poca justicia como el retiro original.
Qué queda para la crítica
Dos cosas. La primera es una advertencia metodológica: una obra prohibida tiende a valorarse por la prohibición, y eso deforma el juicio en la dirección contraria a la censura pero con la misma fuerza. Alicia es una sátira desigual, con aciertos y con tramos que se estiran, y decirlo no es hacerle el juego a nadie.
La segunda es que el film documenta, sin proponérselo, el estado de ánimo de un momento preciso. La sensación de encierro que la alegoría construye no era una invención del guion: era la experiencia que el público reconoció de inmediato, y por eso la reacción fue la que fue.