Entre finales de los años sesenta y mediados de los ochenta, el cine más visto en Brasil no fue el Cinema Novo ni la producción extranjera: fueron las pornochanchadas. Comedias eróticas de bajo presupuesto, rodadas en pocas semanas, estrenadas en circuitos populares y despreciadas por casi toda la crítica del período.
El término mezcla dos palabras. Chanchada nombraba la comedia musical carioca de los cuarenta y cincuenta, ligera y popular; el prefijo señalaba el contenido sexual. Nadie lo eligió como autodenominación: era un insulto que terminó siendo el nombre del género.
La Boca do Lixo
La producción se concentró en unas pocas manzanas del centro de São Paulo, en torno a las calles do Triunfo y Vitória, conocidas como Boca do Lixo. Allí funcionaba un sistema industrial completo –productoras, laboratorios, distribuidores, actores disponibles– que operaba con lógica de fábrica: presupuestos mínimos, rodajes de dos o tres semanas, reparto estable.
Dos condiciones externas explican su volumen. La primera fue la ley de cuota de pantalla, que obligaba a las salas a proyectar una cantidad determinada de películas nacionales al año y creó una demanda garantizada. La segunda fue la censura de la dictadura militar, que vigilaba con severidad el contenido político y era comparativamente permisiva con el erótico.
Esa asimetría es el dato central para entender el género. En un país donde no se podía filmar política, se podía filmar sexo, y la industria fue donde había mercado y permiso.
Qué muestran realmente
Vistas hoy, las pornochanchadas resultan mucho menos explícitas de lo que su reputación sugiere. El grueso del metraje es comedia de enredo, con desnudos breves y un humor de doble sentido heredado del teatro de revista y de la radio.
Su interés documental está en otra parte. Las películas se rodaban en apartamentos reales, oficinas, calles y playas, y registraron sin proponérselo la vida material de la clase media baja brasileña de los setenta: los interiores, la ropa, los coches, el habla. Es un archivo visual extenso de un período que el cine de autor filmó poco.
Los tipos que pusieron en circulación –el empleado sin dinero, el patrón ridículo, la vecina, el marido engañado– están más cerca de la comedia popular italiana de la misma época que de la pornografía.
La revisión
Desde los años noventa la academia brasileña empezó a estudiar el género en serio, y la revalorización planteó problemas que siguen sin resolverse del todo.
El primero es de método: cómo analizar un cine cuyo valor no es formal. La respuesta más productiva ha sido tratarlo como fenómeno industrial y social antes que como obra, algo que la crítica de cine hace con incomodidad.
El segundo es político y más espinoso. Reivindicar el género no puede pasar por alto que su representación de las mujeres es, con pocas excepciones, mercancía. Hay lecturas que encuentran allí una subversión de la moral oficial del régimen; hay otras que ven un producto perfectamente funcional a esa moral, que toleraba el cuerpo femenino como objeto mientras prohibía cualquier otra forma de libertad.
Las dos cosas pueden ser ciertas a la vez, y probablemente lo son. Lo que no se sostiene es seguir tratando como inexistente el cine que más gente vio en Brasil durante quince años.