Desearás al hombre de tu hermana, dirigida por Diego Kaplan y estrenada en 2017, cuenta la rivalidad erótica entre dos hermanas, Ofelia y Lucía, sostenida desde la infancia y resuelta en una boda. La película llegó a un público internacional a través de una plataforma de streaming y provocó una discusión bastante más interesante que ella misma.
El gesto de estilo
Lo primero que hay que registrar es que la película no pretende realismo. Los colores están saturados, la música subraya, los diálogos son declarativos, el vestuario y la puesta remiten con claridad al melodrama erótico de los setenta y a un imaginario de cine de explotación.
Esa elección es deliberada y por eso el término camp aparece en casi todas las lecturas. Camp, en la definición que Susan Sontag hizo canónica en 1964, designa una sensibilidad que goza del artificio y de la exageración, y que puede consumir con afecto aquello que sería malo si se tomara en serio.
La cita a Armando Bó y a Isabel Sarli es explícita en el ambiente general del film, y la comparación con ese antecedente es inevitable.
Qué cambia respecto del original citado
Hay una diferencia estructural que conviene señalar. En el cine de Bó el deseo femenino era el problema del film y terminaba castigado. Aquí es el motor de la trama y no acarrea condena: las protagonistas persiguen lo que quieren y la película no las sanciona por ello.
Eso es lo que sus defensas subrayan. La circulación del deseo entre las dos hermanas –competitivo, transitivo, dirigido tanto al hombre como a la posición de la otra– organiza el relato, y la película se abstiene del juicio moral que el género original imponía.
Qué no cambia
Las objeciones son igual de concretas. La cámara mantiene el régimen de mirada del cine que cita: los cuerpos femeninos se filman como espectáculo, con la misma gramática de fragmentación y demora que el modelo de los setenta.
Y ahí aparece el problema teórico que la película no resuelve. Citar una convención opresiva usando exactamente sus recursos produce, en la pantalla, el mismo efecto que la convención. La distancia irónica existe en la intención y en el marco de recepción; no existe en el plano.
La discusión no es nueva. Atraviesa toda la reflexión sobre el pastiche desde los años ochenta, y suele resolverse mal en las dos direcciones: la defensa afirma que todo lo que se cita queda automáticamente cuestionado, y la crítica afirma que nada queda cuestionado nunca.
Cómo leerla sin caer en ninguna de las dos
Una vía razonable es distinguir entre lo que la película hace con el relato y lo que hace con la imagen.
En el relato desplaza algo real: el deseo femenino deja de ser un defecto que se paga. En la imagen no desplaza nada: reproduce el régimen visual del cine que homenajea.
Un film puede ser progresivo en una capa y conservador en otra, y decirlo con esa precisión es más útil que decidir si “es” feminista.
El dato de circulación
Queda un elemento que la crítica local no previó. La película tuvo una difusión internacional enorme en plataforma, muy superior a la de casi cualquier film argentino de autor de esos años, y buena parte de su público la vio sin ninguna referencia al cine de Bó ni a la tradición que cita.
Para ese público no hubo camp: hubo melodrama erótico a secas. Lo que revela es un límite del procedimiento. Una obra que depende de que el espectador reconozca la cita queda a merced de una circulación que no puede controlar.