La crítica puertorriqueña produjo desde los años ochenta una reflexión sobre sexualidad, performance y nación que no derivó de la teoría anglosajona sino que corrió en paralelo a ella, apoyada en su propia literatura. Luis Felipe Díaz, profesor de la Universidad de Puerto Rico, es una de las figuras centrales de esa línea.

Por qué “travestismo” y no otra palabra

La elección del término no es casual y conviene entenderla antes de discutir cualquier otra cosa.

En el español caribeño y rioplatense, travesti nombra una identidad con historia local: no es la traducción de transgender ni de drag queen, y la comunidad que lo usa lo reivindica precisamente porque no traduce. La teoría latinoamericana de las últimas décadas ha insistido en sostener la palabra en lugar de sustituirla por el vocabulario importado.

Esa insistencia tiene un argumento detrás. Las categorías del norte suponen un recorrido –identidad, diagnóstico, tránsito, destino– que no describe la experiencia de comunidades donde la identidad se construyó en la calle, sin acceso a salud ni a documento, y donde el travestismo fue a la vez condición, oficio y práctica estética.

El travestismo como operación sobre el signo

La tesis que interesa aquí es que el travestismo no imita un género: lo cita y lo exhibe como construcción.

Al exagerar los signos de la feminidad –el maquillaje, el gesto, la voz, el andar– la performance travesti muestra que esos signos son aprendidos y ejecutables, y que la feminidad “natural” también lo es, sólo que sin dejar ver la ejecución.

Esa observación coincide con lo que Judith Butler formuló como performatividad, y la coincidencia suele contarse mal: no es que el Caribe aplicara a Butler, sino que dos tradiciones llegaron hacia la misma época a conclusiones próximas desde materiales distintos, la teoría del lenguaje por un lado y la literatura y la calle por el otro.

La tradición literaria

En el Caribe hispano esa reflexión tiene un archivo propio. Severo Sarduy escribió sobre el travestismo como operación barroca antes de que existiera el campo. Reinaldo Arenas narró la represión de los homosexuales en Cuba desde dentro. Manuel Ramos Otero hizo de la escritura homosexual puertorriqueña un proyecto explícito. Pedro Lemebel, desde Chile, convirtió la crónica en una forma de intervención.

La crítica que Díaz y otros practican trabaja sobre ese corpus, no sobre ejemplos traídos de afuera. Esa es la diferencia metodológica que vale la pena retener.

El arte, y el riesgo de la palabra

Llamar arte al travestismo tiene una ventaja y un peligro.

La ventaja es que reconoce el trabajo: la construcción de un personaje, el dominio del cuerpo, el oficio del espectáculo. Es un reconocimiento que las performers travestis rara vez recibieron.

El peligro es la estetización. Si el travestismo es sólo arte, deja de ser una condición de vida atravesada por la violencia policial, la exclusión laboral y una esperanza de vida que en varios países de la región sigue siendo drásticamente baja.

La crítica seria sostiene las dos cosas a la vez, y es un equilibrio difícil. La performance es un logro estético y la respuesta a una situación material que nadie eligió.

Qué aporta la conversación

El género de la entrevista comentada tiene aquí una utilidad específica. Permite que la teoría aparezca en voz hablada, con dudas y correcciones, y que el crítico diga lo que un artículo no formularía con tanta franqueza.

En un campo donde el vocabulario cambia rápido y las categorías se importan sin traducción, ese registro conserva algo que el artículo pierde: la conciencia de que se está discutiendo, no concluyendo.