Pocas palabras cargan una historia tan visible como masoquismo. Es un término relativamente reciente, tiene autor conocido, y su recorrido de siglo y medio muestra con nitidez cómo una cultura convierte una conducta en enfermedad y después deja de hacerlo.

El origen: un apellido convertido en diagnóstico

La palabra la acuñó el psiquiatra austríaco Richard von Krafft-Ebing en Psychopathia Sexualis, publicado en 1886. La formó a partir del apellido de Leopold von Sacher-Masoch, escritor austríaco autor de La Venus de las pieles (1870), donde un hombre firma un contrato que lo convierte en esclavo voluntario de una mujer.

En el mismo libro Krafft-Ebing acuñó “sadismo”, a partir del marqués de Sade. El procedimiento –tomar el nombre de un escritor y convertirlo en categoría clínica– dice mucho sobre la psiquiatría de la época: la literatura proveía los casos y la medicina los nombraba como desviación.

Sacher-Masoch, que vivía cuando se publicó el libro, se opuso al uso de su nombre. No sirvió de nada.

Freud y el desplazamiento

Freud retomó ambos términos y los reorganizó. En su lectura no se trataba de dos perversiones aisladas sino de una pareja de posiciones presentes en todo el mundo, en distinta medida, y articuladas entre sí: donde hay una hay potencialmente la otra.

Más tarde introdujo una distinción que sigue circulando: un masoquismo erógeno ligado al placer corporal, uno femenino entendido como posición y no como sexo, y uno moral, la necesidad inconsciente de castigo que aparece en la clínica sin ningún componente sexual explícito.

La tercera categoría es la que más consecuencias tuvo fuera del campo. Permitió pensar la autopunición, la culpa y la repetición del fracaso como fenómenos con lógica propia.

La objeción de Deleuze

En 1967 Gilles Deleuze hizo un movimiento que cambió la discusión: sostuvo que sadismo y masoquismo no forman una pareja complementaria y que unirlos fue un error clínico y literario.

Su argumento parte de la lectura de los textos. Sade escribe demostraciones, con la institución y la ley como soporte; Sacher-Masoch escribe contratos, suspensión y espera. El sádico no busca un masoquista, que le arruinaría el asunto al consentir; y el masoquista organiza una escena con reglas que él mismo redacta.

La consecuencia es importante para cualquier discusión sobre cuerpo y deseo: en el masoquismo descrito por Deleuze el poder no está donde parece. Quien aparenta someterse es quien escribe el libreto.

El giro contemporáneo

La despatologización llegó tarde y por partes. Las clasificaciones psiquiátricas vigentes distinguen hoy entre una práctica consentida, que no constituye trastorno, y un cuadro que produce malestar o daño no consentido, que sí.

La teoría feminista y queer añadió una discusión propia y no resuelta. Una posición sostiene que las prácticas consentidas de sometimiento erotizan la desigualdad real y la refuerzan. Otra sostiene lo contrario: que al hacer explícito, negociado y reversible un reparto de poder que en la vida corriente es implícito y permanente, la escena consentida lo desnaturaliza.

Ninguna de las dos ganó, y probablemente la discusión no se resuelva en el plano teórico.

Lo que queda del recorrido

Lo que este itinerario muestra es que las categorías del deseo no describen: producen. Krafft-Ebing no encontró el masoquismo; lo constituyó como objeto al nombrarlo, y a partir de ahí hubo personas clasificables como masoquistas.

Esa es la razón por la que los estudios del cuerpo prestan tanta atención a la historia de los términos. Cambiar lo que una conducta significa exige, casi siempre, empezar por averiguar quién la nombró y para qué.