El humor tiene mala prensa en la teoría política: se lo considera una válvula de escape que descomprime el conflicto sin resolverlo. En la práctica de los feminismos latinoamericanos ha funcionado de otra manera, y vale la pena describir el mecanismo antes de juzgarlo.

Qué hace exactamente la risa

Una afirmación seria admite refutación. Una broma no: obliga al interlocutor a elegir entre reírse –y conceder– o explicar por qué no tiene gracia, lo que lo coloca inmediatamente en posición defensiva y ridícula.

Ese es el primer efecto. El segundo es de permiso: el registro humorístico autoriza a nombrar lo que el registro solemne vuelve impronunciable. Puede decirse en chiste lo que no puede decirse en una declaración, y en contextos de censura o de peligro esa diferencia es práctica y no retórica.

El tercero es de cohesión. Reírse juntos de la misma cosa produce un grupo más rápido que acordar un documento.

El cuerpo grotesco

La teoría disponible es vieja y sigue siendo la más útil. Mijaíl Bajtín, estudiando la cultura cómica popular de la Edad Media y el Renacimiento, describió un “cuerpo grotesco” opuesto al cuerpo clásico: abierto en lugar de cerrado, desbordante en lugar de contenido, atento a lo que entra y sale de él.

El cuerpo clásico es liso, acabado y sin orificios; es el de la estatua y el del retrato oficial. El grotesco es el del carnaval: come, pare, envejece, sangra, se ríe.

La operación de buena parte del arte feminista consiste en devolver a escena ese segundo cuerpo justo donde se espera el primero. La menstruación, el parto, el vello, la celulitis, el cuerpo gordo y el cuerpo viejo funcionan como material cómico y como impugnación al mismo tiempo, porque el ideal que niegan es el que sostiene buena parte de la economía visual contemporánea.

En la región

La práctica tiene aquí una tradición identificable. Las murgas y comparsas feministas del Cono Sur, la intervención callejera con disfraz y megáfono, los colectivos de teatro que trabajan con clown, la ilustración satírica y el escrache con recursos paródicos forman un repertorio continuo desde los años ochenta.

Su ventaja táctica es concreta. Una acción humorística es difícil de reprimir sin quedar en ridículo, y produce imágenes que circulan mejor que las de una marcha convencional. Su desventaja es igual de concreta: la circulación premia lo ingenioso y puede vaciar el contenido en el camino.

Los límites, que existen

Tres, y conviene nombrarlos porque el entusiasmo por la risa política tiende a ignorarlos.

El humor no es universal: depende de referencias compartidas, y una broma que funciona en un público urbano puede resultar ofensiva o incomprensible en otro. La eficacia se paga con alcance.

El humor puede ser recuperado. La publicidad aprendió hace tiempo a usar un feminismo ingenioso para vender, y la operación deja intacto lo que la broma denunciaba.

Y hay materia que no admite el registro. El feminicidio, la desaparición y la violación no se tratan en clave cómica sin producir daño, y los movimientos que trabajan sobre ellos lo saben: para eso existe el otro repertorio, el del duelo público y la enumeración de nombres.

Dos registros, no uno

La conclusión razonable no es que el humor sea la herramienta principal ni que sea una distracción. Es que los feminismos de la región manejan dos registros y los alternan según lo que la ocasión admite.

El grotesco desarma; el luto nombra. Un movimiento que sólo dispusiera del primero sería inofensivo, y uno que sólo dispusiera del segundo sería insostenible. La combinación es el hallazgo, y el cuerpo desobediente es el lugar donde los dos se encuentran.