La discusión sobre teatro y política suele empantanarse porque mezcla tres cuestiones que tienen respuestas independientes. Separarlas no las resuelve, pero evita que una se use para contestar otra.
Primera: qué se puede mostrar
Es la pregunta sobre los límites de la representación.
Hay materiales cuya puesta en escena reproduce el daño que denuncian. La violencia sexual, la tortura y la muerte de un niño son los casos donde el consenso es mayor, y el argumento es sólido: mostrar un cuerpo dañado ante un público que mira replica la estructura de la escena original.
La tradición occidental dispone de un recurso antiguo para esto y el teatro griego lo usaba: la violencia ocurre fuera de escena y se narra. Lo narrado obliga al espectador a imaginar, y lo imaginado no se agota.
Conviene notar que esta primera pregunta es estética antes que moral. Trata sobre qué procedimiento produce qué efecto, y se responde con oficio.
Segunda: quién puede contarlo
Es la pregunta sobre la legitimidad de la enunciación, y es la que más ha cambiado en las últimas dos décadas.
Puede un autor que no pertenece a un grupo escribir sobre la experiencia de ese grupo. Puede un intérprete interpretar una identidad que no es la suya.
Las posiciones extremas son débiles en las dos direcciones. Sostener que sólo se puede escribir sobre lo propio liquida la ficción, que consiste precisamente en imaginar otra conciencia. Sostener que la posición del autor es irrelevante ignora que el acceso a los escenarios está desigualmente distribuido y que hablar en nombre de otro es, materialmente, ocupar su lugar.
La formulación productiva no es de permiso sino de procedimiento: qué investigación hizo el autor, a quién consultó, quién está en el elenco, y qué pasa con la comunidad representada después del estreno.
Tercera: qué efectos produce
Es la pregunta política propiamente dicha y la más difícil, porque casi no hay evidencia.
Se afirma con frecuencia que el teatro transforma conciencias. Es una afirmación empírica y apenas hay datos que la sostengan. Lo que sí está documentado es más modesto: el teatro puede instalar un tema en la conversación pública, puede dar lenguaje a quienes ya tienen la experiencia, y puede producir cohesión en un grupo.
El teatro del oprimido de Boal es el caso donde esa ambición se sometió a prueba de manera más sistemática, y sus resultados –bien documentados en algunos contextos, discutibles en otros– son la mejor evidencia disponible.
Por qué separarlas
Porque cada una admite una respuesta distinta y mezclarlas produce argumentos falsos.
Una obra puede resolver bien la primera –no exhibe el daño– y mal la segunda –habla por gente que no participó. Puede ser impecable en las dos primeras y no tener ningún efecto. Y puede tener efectos políticos reales siendo cuestionable en la primera.
La crítica que evalúa las tres por separado dice algo. La que las funde en un juicio único sobre si la obra es política termina midiendo las intenciones del autor, que es lo único que no está en escena.