Joaquín Murrieta es una de las figuras más productivas de la cultura popular del suroeste estadounidense y una de las peor documentadas. Esa combinación es exactamente lo que la vuelve interesante.
Lo poco que se puede afirmar
En 1853 la legislatura de California autorizó la formación de una partida de rangers para capturar a un bandido o a varios llamados Joaquín, en un contexto de violencia contra la población de origen mexicano tras la anexión de California y la fiebre del oro.
En julio de ese año la partida mató a unos hombres y exhibió una cabeza conservada en alcohol, que se mostró como atracción itinerante durante años, atribuida a Joaquín Murrieta.
Si el hombre muerto era quien decían, si existió un solo Joaquín o varios, y si buena parte de los hechos atribuidos ocurrieron, es materia de discusión y la evidencia documental es escasa.
La construcción de la leyenda
El texto decisivo aparece en 1854, apenas un año después: The Life and Adventures of Joaquín Murieta, de John Rollin Ridge, escritor cheroqui que firmaba Yellow Bird.
Ridge presenta a Murrieta como un joven mexicano honesto cuya esposa es violada y cuyo hermano es linchado por angloamericanos, y que se convierte en bandido por venganza. Es el esquema del bandido social: alguien que la injusticia empuja fuera de la ley.
El libro fue plagiado y reeditado innumerables veces sin crédito, y esas versiones fueron la fuente de casi todo lo posterior. La leyenda se construyó, literalmente, sobre una obra de ficción escrita por un autor indígena sobre un personaje mexicano para lectores anglosajones.
Las reescrituras
Cada tradición lo reclamó.
En California y en la literatura chicana, Murrieta es un héroe de resistencia frente al despojo posterior a la anexión, y ese uso se intensificó con el movimiento chicano de los años sesenta y setenta.
En México se lo integró al repertorio del bandido justiciero, junto a figuras de la Revolución.
En Chile se sostuvo durante mucho tiempo que era chileno, versión alimentada por la presencia numerosa de chilenos en la fiebre del oro. Pablo Neruda escribió sobre esa premisa su única obra teatral, Fulgor y muerte de Joaquín Murieta, estrenada en 1967: una cantata dramática que lo presenta como chileno y como figura de la solidaridad latinoamericana frente al racismo estadounidense.
Y en la cultura de masas se lo señala con frecuencia como uno de los antecedentes del Zorro.
Por qué funciona tan bien en escena
La leyenda ofrece a un dramaturgo todo lo que necesita: un agravio inicial que justifica la acción, una persecución, una comunidad que protege al perseguido, y un final violento con la cabeza exhibida como imagen brutal y teatral en sí misma.
Y ofrece algo más: una identidad indefinida. Un personaje del que no se sabe si era mexicano, chileno o californiano, ni si existió, admite ser lo que cada montaje necesite.
Lo que enseña el caso
Murrieta es un ejemplo particularmente claro de cómo se fabrica un héroe popular: un hecho confuso, una novela barata escrita inmediatamente después, décadas de reimpresión sin control, y finalmente una figura que cada comunidad adopta para hablar de su propio agravio.
Que el origen sea ficticio no debilita la figura. La leyenda no compite con la historia: cumple otra función, y la cumple bien precisamente porque no está atada a lo que ocurrió.