La nueva novela, de Juan Luis Martínez, se publicó en Chile en 1977, bajo la dictadura, en una edición artesanal costeada por el propio autor. No es una novela y su título lo declara con ironía: es un libro-objeto que combina poemas, diagramas, ecuaciones, fotografías, problemas de lógica, páginas en blanco y materiales físicos incorporados al volumen.

Qué hay dentro

El inventario ayuda más que cualquier descripción general.

Hay preguntas con formato de examen escolar que no tienen respuesta posible. Hay diagramas geométricos y ecuaciones matemáticas insertados como si fueran versos. Hay páginas donde el texto está tachado o reducido a signos de puntuación. Hay ilustraciones tomadas de manuales antiguos.

Y hay, en algunos ejemplares de la primera edición, dos anzuelos de pesca cosidos a una página. El libro deja de ser sólo legible y se vuelve manipulable, con el riesgo físico incluido.

La portada lleva el nombre del autor tachado con una línea. Esa tachadura es probablemente el gesto más comentado del libro chileno del siglo XX.

La desaparición del autor

El nombre tachado no es un capricho gráfico. Martínez sostuvo a lo largo de toda su obra una operación de borrado de la figura autoral: firmaba como “Juan de Dios Martínez” en algunos textos, atribuía poemas a personajes inventados, y en el libro aparece una frase célebre sobre la desaparición del autor y de su obra.

En el contexto de la teoría de la época –Barthes había publicado “La muerte del autor” en 1967, Foucault “¿Qué es un autor?” en 1969– la operación dialoga con una discusión internacional. En el contexto chileno de 1977 adquiere además otro sentido, más literal y más incómodo: la desaparición era, en ese país y en esos años, una política de Estado.

Martínez nunca hizo explícita esa segunda lectura. La coexistencia de las dos es parte de lo que mantiene vivo el libro.

Poliexpresión

El término describe bien el procedimiento: el libro no elige un sistema de signos sino que superpone varios –verbal, visual, matemático, objetual– sin subordinar unos a otros.

La consecuencia es que no se puede leer de manera lineal. El lector debe decidir en qué orden recorrer la página, qué elementos relacionar y cuáles dejar sin resolver, y muchas de las relaciones posibles no conducen a nada.

Esa frustración es deliberada. El libro imita la forma del conocimiento organizado –el manual, el examen, el tratado– y la vacía, dejando la estructura sin contenido operativo.

Su lugar

Martínez publicó muy poco: La nueva novela y La poesía chilena (1978), una caja que contiene fichas de defunción de poetas chilenos y tierra del Valle Central. Murió en 1993 y su obra posterior quedó inédita o dispersa.

La recepción fue lenta. Durante años el libro circuló casi clandestinamente entre poetas; su canonización llegó en los años noventa y dos mil, con reediciones, estudios académicos y exposiciones que lo tratan como obra de arte visual tanto como literaria.

Hoy se lo ubica junto a la tradición de la poesía visual y objetual latinoamericana, con Vicente Huidobro y Nicanor Parra como antecedentes chilenos, y con los libros-objeto brasileños y argentinos de los sesenta y setenta como parientes cercanos.

Lo que lo distingue de casi todos ellos es la ausencia de programa. Martínez no publicó manifiestos ni explicó su procedimiento, y ese silencio es coherente con el nombre tachado en la portada.