En La tempestad de Shakespeare, estrenada hacia 1611, Próspero es el mago europeo que domina una isla; Ariel es el espíritu del aire que le sirve y espera su libertad; Calibán es el habitante original de la isla, hijo de la bruja Sycorax, esclavizado por Próspero y descrito como deforme y brutal.
Calibán le dice a Próspero una frase que la crítica poscolonial convirtió en emblema: me enseñaste a hablar, y lo que gané con ello es saber maldecir.
La primera apropiación: Rodó y Ariel
El uso latinoamericano de estos personajes empieza al revés de como suele recordarse.
En 1900 el uruguayo José Enrique Rodó publicó Ariel, ensayo dirigido a la juventud hispanoamericana. Rodó identificaba a América Latina con Ariel –el espíritu, la sensibilidad, la cultura desinteresada– y a Estados Unidos con Calibán –el materialismo, la utilidad, el apetito.
El texto tuvo una influencia enorme y fundó el arielismo, una tradición de reivindicación espiritualista de lo latino frente a lo anglosajón. Su punto ciego es evidente en retrospectiva: Rodó deja fuera del cuadro a las poblaciones indígenas y negras de la propia región, y el “nosotros” que convoca es criollo y letrado.
La inversión: Césaire y Fernández Retamar
La lectura contraria llegó en los años sesenta y setenta, desde el Caribe.
Aimé Césaire, martiniqués, escribió Une Tempête (1969), una reescritura de la obra donde Calibán es un esclavo negro en rebelión, Ariel un mulato reformista que confía en la negociación, y Próspero un colono que al final no puede irse de la isla porque ya no sabe existir sin ella. Calibán rechaza el nombre que Próspero le dio y exige que lo llamen X.
Roberto Fernández Retamar, cubano, publicó en 1971 el ensayo Calibán, que invierte explícitamente a Rodó: nuestro símbolo no es Ariel sino Calibán, escribió, porque somos el colonizado que usa la lengua del amo para maldecirlo.
El desplazamiento es completo. Donde Rodó veía en Calibán al otro que amenaza, Retamar ve a nosotros mismos.
El doble
Lo que hace productiva la figura es que Calibán y Próspero no son simplemente enemigos: son dependientes. Próspero necesita a Calibán para ser amo, y Calibán habla la lengua de Próspero porque no tiene otra.
Esa estructura –el colonizado definido por la relación que lo somete, el colonizador incapaz de existir sin ella– es la que la teoría poscolonial elaboró después con otros términos. Frantz Fanon la describió en clave psicoanalítica en Piel negra, máscaras blancas.
El doble no es entonces un motivo literario añadido: es la forma de la relación colonial.
Las objeciones
Dos, y ambas vienen de dentro del campo.
La primera es que la discusión Ariel-Calibán fue durante décadas una conversación entre intelectuales varones que se apropiaban de figuras para hablar de sí mismos. La crítica feminista caribeña señaló la ausencia de Sycorax, la madre de Calibán, muerta antes de que empiece la obra y sin una sola línea.
La segunda es que apoyar la identidad latinoamericana en un personaje de Shakespeare reproduce justamente la dependencia que denuncia. Es una objeción incómoda y no tiene respuesta fácil.
Quizá la respuesta esté en la propia frase de Calibán. La lengua del otro es la que hay, y maldecir con ella es un uso, no una sumisión.