La discusión sobre adaptación cinematográfica suele empantanarse en el mismo lugar: si la película es fiel al libro. Es un criterio pobre, porque presupone que la novela es el original y la película su copia, y porque mide una obra por su parecido con otra en lugar de por lo que hace.

Conviene reemplazarlo por una pregunta técnica: qué operaciones son propias de cada medio.

Lo que la novela puede y el cine no

La interioridad es el caso evidente. Una novela accede al pensamiento de un personaje directamente: puede decir “pensó que”, puede instalarse en su conciencia durante cien páginas, puede mentir desde dentro de esa conciencia.

El cine no tiene equivalente. La voz en off es un sustituto torpe y la mayoría de los directores la evita; el primer plano sugiere sin especificar. Lo que el cine muestra es siempre exterior, incluso cuando muestra un rostro.

La segunda capacidad es la ambigüedad referencial. Una novela puede decir “una casa” y dejar que cada lector la construya. Una película debe elegir una casa concreta, con su color y su tamaño, y esa elección elimina todas las demás.

La tercera es el manejo del tiempo verbal. La prosa dispone de pluscuamperfecto, condicional y futuro; la imagen está siempre en presente y necesita convenciones –el corte, el rótulo, el cambio de textura– para indicar otra cosa.

Lo que el cine puede y la novela no

La simultaneidad. Un plano entrega decenas de informaciones a la vez: el rostro, la ropa, el espacio, la luz, el sonido, quién está al fondo. La prosa es lineal y debe repartir eso en frases sucesivas, imponiendo un orden que el cine no necesita.

El tiempo real. Una escena de tres minutos dura tres minutos, y esa coincidencia entre duración narrada y duración vivida no tiene equivalente literario.

Y los cuerpos concretos. El rostro de un actor arrastra todo lo que ese actor significa para el público, un capital que la novela no puede convocar.

Casos latinoamericanos

Las adaptaciones de la región ofrecen ejemplos útiles de las dos direcciones.

Doña Bárbara, novela de Rómulo Gallegos de 1929, llevada al cine mexicano en 1943 con María Félix, es un caso donde la película desplazó al libro en la imaginación popular: la imagen de María Félix reemplazó a la descripción de Gallegos.

El beso de la mujer araña, de Manuel Puig, plantea el caso inverso y más interesante. La novela está construida casi enteramente con diálogo y con los relatos de películas que un personaje le cuenta a otro en una celda. Es una novela hecha de cine. Su adaptación cinematográfica de 1985 tuvo que resolver el problema de filmar un libro que ya era una película contada.

Puig es en general el escritor latinoamericano donde esta relación está más trabajada: su prosa incorpora el folletín, el bolero y el melodrama de Hollywood como estructuras, no como referencias.

El criterio que reemplaza a la fidelidad

Una adaptación no debe juzgarse por su parecido sino por su coherencia interna y por lo que hace con el material.

Hay adaptaciones fieles y mediocres, que transcriben la trama y pierden todo lo que hacía valiosa a la novela. Y hay adaptaciones infieles y excelentes, que conservan un procedimiento o un problema y cambian todo lo demás.

La pregunta útil es qué entendió el director que era el libro, y si su respuesta se sostiene en imágenes. Eso se puede discutir; el grado de fidelidad, en cambio, sólo se puede medir.