Cuando los combes luchaban se publicó en Madrid en 1953. Su autor, Leoncio Evita Enoy, nacido en 1929 en Udubuandyola, en la entonces Guinea Española, tenía veinticuatro años. Es la primera novela escrita por un guineoecuatoriano y el texto fundacional de esa literatura.

Guinea Ecuatorial y su anomalía lingüística

El país es el único Estado africano cuya lengua oficial es el español, resultado de una colonización española que se prolongó hasta la independencia en 1968.

Esa singularidad tuvo consecuencias para su literatura. Escrita en español pero fuera del ámbito hispanoamericano, y africana pero fuera del ámbito de las literaturas francófona y anglófona del continente, quedó durante décadas en un punto ciego de las dos tradiciones que podrían haberla leído.

La dictadura de Macías Nguema, tras la independencia, produjo además un exilio masivo y un período conocido como los años del silencio, en el que la producción literaria prácticamente cesó.

El relato transcurre entre los combe, o ndowe, pueblo de la costa continental, y narra el encuentro con un misionero protestante y el proceso de conversión y transformación de la comunidad.

El texto apareció con un prólogo del administrador colonial que lo presentaba como literatura de consentimiento: prueba de que la civilización española había producido un escritor nativo capaz de denunciar las supersticiones de su propio pueblo.

Esa presentación condicionó su lectura durante mucho tiempo, y es el origen de la discusión crítica que la novela sigue provocando.

Perversión o subversión

La pregunta que la crítica poscolonial le hace al libro se formula bien en esos términos.

Una lectura ve un texto colonizado: un autor joven que adopta la mirada del misionero, describe las prácticas de su pueblo como error y celebra su abandono. La categoría disponible es la de literatura de consentimiento, acuñada precisamente para este corpus.

La otra lectura atiende a lo que el texto hace más allá de lo que declara. La novela dedica páginas extensas y detalladas a describir la cultura combe –rituales, organización social, relatos–, y esa descripción conserva un material que de otro modo no se habría fijado por escrito. Un lector puede saltarse la moraleja y quedarse con la etnografía.

Hay además un argumento de contexto que conviene no despachar. Un autor de veinticuatro años publicando bajo administración colonial con prólogo de la autoridad no tenía margen para otra cosa, y exigir heroísmo retrospectivo es una forma cómoda de crítica.

Lo que el caso enseña

La discusión sobre este libro es un ejemplo particularmente limpio de un problema general de las literaturas coloniales: qué hacer con textos que dicen una cosa y conservan otra.

La salida que la crítica más sólida propone no es absolver ni condenar, sino separar los planos: describir qué afirma el texto, qué material transmite, bajo qué condiciones se publicó y qué lectura permite hoy.

Con esa separación, Cuando los combes luchaban deja de ser un caso moral y vuelve a ser lo que es: el primer eslabón de una literatura que después produjo, sobre todo desde el exilio, una obra considerable y todavía poco leída en español.