La tarea que reúne a una parte considerable de la crítica de las últimas cuatro décadas se enuncia fácil y se ejecuta mal: recuperar a las escritoras que la historia literaria dejó fuera. Se ejecuta mal porque suele detenerse en la primera mitad del trabajo – localizar los textos, reeditarlos, escribir el prólogo – y saltar la segunda, que es la que explica el hueco.
Persistir, en el título de este tipo de proyectos, no describe una virtud personal. Describe una condición material. Una obra persiste cuando alguien la imprime de nuevo, cuando entra en un programa de estudios, cuando una biblioteca la cataloga bien y cuando un crítico la cita. Ninguna de esas cuatro cosas ocurre sola, y las cuatro dependieron durante siglos de instituciones donde las mujeres no decidían.
El problema no es la ausencia, es la desaparición
Conviene precisar el diagnóstico, porque el diagnóstico equivocado produce la corrección equivocada. La idea de que las mujeres no escribieron es falsa y hace tiempo que nadie seria la sostiene. Escribieron mucho: cartas, diarios, relaciones de vida, poesía devocional, prensa, novelas por entregas, traducciones. Lo que ocurrió no fue ausencia sino atrición.
Los mecanismos son identificables y bastante prosaicos. Los géneros que las mujeres practicaron con más libertad – la carta, el diario, la literatura devocional, la prensa periódica – fueron justamente los que la historia literaria clasificó como menores. Las ediciones tuvieron tiradas cortas. Los archivos familiares conservaron los papeles del padre y perdieron los de la hija. Y la crítica del siglo XIX, cuando se ocupó de una escritora, lo hizo con un vocabulario – delicadeza, sensibilidad, ternura – que la elogiaba hacia abajo.
Firmar
El pseudónimo masculino es el caso más citado y también el peor entendido. Se lo suele presentar como una anécdota de coraje: la autora que se disfraza para poder publicar. Visto de cerca es una decisión editorial más compleja, y a veces la tomó el editor y no ella.
Firmar con nombre de varón cambiaba tres cosas a la vez. Cambiaba la reseña, porque los críticos leían distinto según el género que suponían. Cambiaba el contrato, porque en buena parte del siglo XIX una mujer casada no administraba sus propios ingresos. Y cambiaba lo que el texto podía permitirse decir sobre el deseo, el matrimonio o el dinero sin que la biografía de la autora quedara implicada.
Cuando la atribución se revierte – cuando se establece que detrás de tal nombre había una mujer – la operación crítica interesante no es celebrar el hallazgo. Es releer las reseñas de época sabiendo lo que los reseñistas no sabían. Ahí se ve el mecanismo funcionando.
Las cartas y el problema de la escala
Buena parte de la escritura femenina que sobrevivió es epistolar, y eso plantea una dificultad de método. La carta no fue escrita para ser leída por nosotros. Tratarla como obra le impone una intención que no tuvo; tratarla como documento le quita todo lo que tiene de trabajo con la lengua.
Los corpus de correspondencia de la emigración – las cartas que cruzaron el Atlántico entre finales del siglo XVIII y comienzos del XIX – muestran el problema con claridad. Son miles de textos escritos por personas con instrucción desigual, muchas veces dictados, muchas veces copiados por un tercero. Una lectura literaria de una sola carta dice poco. Una lectura de mil cartas deja de ser lectura y se vuelve estadística.
El camino que funciona es intermedio y trabajoso: establecer patrones sobre el corpus grande y después leer de cerca los casos donde el patrón se rompe. La escritura interesante casi siempre está en la excepción.
Contra la antología reparadora
Hay un riesgo en este campo que conviene nombrar. La recuperación puede convertirse en un género propio, con sus rutinas: la antología por género, el prólogo que declara la injusticia, la selección que prefiere lo temáticamente legible a lo formalmente difícil. El resultado es un canon paralelo, igual de cerrado que el primero y con menos poder.
La alternativa no es dejar de recuperar. Es recuperar sin renunciar al juicio crítico: decir cuál de estos textos es bueno y por qué, admitir que otros interesan como documento y no como obra, y resistir la tentación de que todo lo hallado valga lo mismo. Persistir, para una obra, significa exactamente eso: aguantar que la lean con atención, no que la protejan.
Qué queda por hacer
Lo que falta no es sobre todo hallazgo, es infraestructura. Catálogos que describan bien lo que ya está en los depósitos. Ediciones con aparato, no facsímiles sueltos. Y una historia literaria que incorpore los resultados en lugar de agregar un capítulo al final.
Mientras esa integración no ocurra, cada generación crítica repetirá el descubrimiento desde cero, que es la forma más eficaz de que nada persista.