El bestiario es un género con reglas y con historia. Nació en el mundo medieval como catálogo de animales acompañado de su interpretación moral, y su modelo remoto es el Physiologus, texto griego de Alejandría compuesto probablemente entre los siglos II y IV.

Su propósito no era zoológico. Cada animal –real, exótico o fabuloso, sin distinción de estatuto– funcionaba como signo de una verdad espiritual: el pelícano que alimenta a sus crías con su propia sangre, el fénix que renace, el unicornio que sólo se deja capturar por una virgen.

Por qué no distinguía lo real de lo inventado

Ese rasgo es el que más desconcierta a un lector moderno y el que mejor explica el género.

Para el bestiario medieval la pregunta de si el unicornio existe es irrelevante, porque los animales no están allí como objetos del mundo sino como elementos de un sistema de sentido. El mundo entero era legible como texto divino, y el animal era una de sus palabras.

La distinción entre observación y fábula sólo se vuelve decisiva con la historia natural moderna, a partir del siglo XVII. Antes de eso, el catálogo de animales y el catálogo de significados eran el mismo catálogo.

El regreso del género en el siglo XX

La literatura moderna recuperó el bestiario vaciándolo de su función teológica y conservando su forma de lista.

Jorge Luis Borges, con Margarita Guerrero, publicó en 1957 el Manual de zoología fantástica, ampliado en 1967 como El libro de los seres imaginarios. Es una compilación de criaturas procedentes de tradiciones muy distintas –china, escandinava, griega, judía– presentadas con el tono neutro de una enciclopedia.

Ese tono es el chiste y el método a la vez. Borges aplica el aparato de la erudición a un objeto sin referente, y al hacerlo muestra que la forma de la enciclopedia produce realidad independientemente de lo que contenga.

Julio Cortázar tituló Bestiario su primer libro de cuentos, en 1951, y allí el animal cumple otra función: no se cataloga sino que irrumpe. El tigre que circula por la casa de “Bestiario”, los conejos que el narrador vomita en “Carta a una señorita en París” son elementos imposibles insertados en una cotidianidad perfectamente descrita.

Las dos operaciones

Vale la pena separarlas porque se confunden.

La de Borges es taxonómica: el interés está en la lista, en la clasificación y en el placer de un orden aplicado a lo que no lo admite. La criatura es un dato de archivo.

La de Cortázar es intrusiva: el interés está en la ruptura, en lo que ocurre cuando un elemento del bestiario entra en un departamento de la calle Suipacha. La criatura es un acontecimiento.

Las dos derivan del género medieval y toman de él cosas opuestas: una la forma del catálogo, la otra la convivencia natural entre lo real y lo imposible.

Por qué el género sigue disponible

El bestiario resultó ser una forma extraordinariamente portátil. Funciona como estructura de libro –entradas breves, orden arbitrario, ausencia de trama– que permite reunir materiales heterogéneos sin forzar una narración.

Y conserva su capacidad original de hablar de otra cosa. Un bestiario contemporáneo puede catalogar oficios, ciudades, tipos humanos o miedos, y en cada caso el animal es el vehículo de una clasificación que dice más sobre quien clasifica que sobre lo clasificado.

Esa es la razón de fondo por la que un género nacido para ilustrar doctrina cristiana en el siglo IV sigue produciendo libros. Nunca trató sobre animales.