En marzo de 2021 Christie’s remató Everydays: The First 5000 Days, de Mike Winkelmann –Beeple–, por algo más de sesenta y nueve millones de dólares. La pieza, ‘Everyday – The First 5000 days’, era un archivo JPEG. La cifra convirtió a los NFT en noticia mundial durante dieciocho meses y después el mercado se desplomó.
Pasado el ruido, vale la pena separar qué era el mecanismo, qué problema resolvía y qué queda.
Qué es exactamente
Un NFT –non-fungible token– es un registro en una cadena de bloques que dice que cierta dirección posee cierto identificador único. Ese identificador suele apuntar, mediante un enlace, a un archivo alojado en otro lugar.
Esa última frase contiene la objeción técnica que acompañó al fenómeno desde el principio: en la mayoría de los casos lo que está en la cadena no es la obra sino un puntero. Si el servidor que guarda el archivo deja de pagarse, queda el certificado y no la imagen. Parte del sector migró a sistemas de almacenamiento distribuido para atenuarlo; parte no.
El problema que sí resolvía
Conviene reconocerle al mecanismo lo que tenía de razonable. El arte digital arrastraba desde los años sesenta una dificultad económica concreta: una obra que se copia sin pérdida no genera escasez, y el mercado del arte funciona sobre la escasez. Durante décadas los artistas digitales vivieron de encargos, de premios o de vender el soporte físico.
El NFT introduce una escasez convencional: no impide la copia, pero establece quién es el propietario reconocido del original. Es el mismo acuerdo que sostiene el valor de un grabado numerado frente a una reproducción idéntica.
El segundo aporte real fue la regalía automática. Un contrato puede devolver al artista un porcentaje de cada reventa, algo que en el mercado tradicional sólo existe en algunas jurisdicciones y se cobra mal. Que después la mayoría de los mercados hicieran esa regalía opcional para competir por volumen es una de las traiciones más significativas del ciclo.
Lo que falló
Tres cosas, y ninguna era imprevisible.
La especulación desbordó el objeto. Buena parte del volumen se concentró en colecciones de avatares generados por combinatoria, donde la obra era un pretexto y el activo era la pertenencia a un club. Cuando la liquidez se retiró, esos precios cayeron casi a cero.
La autenticidad no estaba resuelta. Cualquiera podía acuñar una ficha sobre una imagen ajena, y los mercados se llenaron de obra robada. La cadena garantiza quién posee el registro, no que quien lo creó tuviera derecho a hacerlo.
Y el coste ambiental fue real mientras la red principal funcionó por prueba de trabajo. El cambio de Ethereum a prueba de participación en 2022 redujo drásticamente ese consumo, pero llegó después de que el argumento hubiera definido la percepción pública.
Qué sobrevive
Quedan tres cosas, modestas comparadas con el anuncio.
El arte generativo encontró un formato que le sienta bien: obras producidas por código donde cada ejemplar es distinto y el coleccionista adquiere una salida concreta del programa. Es la zona donde la tecnología y la práctica artística coinciden en lugar de simplemente convivir.
Las instituciones incorporaron el medio sin dramatismo, como incorporaron el video en su momento. Y una generación de artistas digitales accedió, durante un tiempo, a ingresos que el circuito tradicional no les ofrecía.
El episodio deja además una lección para la crítica de arte. El récord de Beeple no midió la calidad de la obra: midió la disposición de un mercado nuevo a comprar una señal de entrada. Es exactamente lo que ocurre con cualquier subasta espectacular, sólo que aquí el mecanismo quedó a la vista porque nadie había tenido tiempo de disimularlo.