Nadie nada nunca se publicó en 1980, en pleno período dictatorial argentino y con Juan José Saer ya radicado en Francia. El título anuncia el procedimiento: tres negaciones sin verbo, una frase que no llega a formarse.
Lo que ocurre
En un pueblo de la costa del Paraná, durante un verano tórrido, alguien está matando caballos. No se sabe quién ni por qué. El Gato Garay y Elisa pasan los días en una casa junto al río; Layo, el caballo que cuidan, puede ser el siguiente.
Eso es todo el argumento, y ocupa unas pocas páginas si se lo resume. Las doscientas restantes están dedicadas a otra cosa.
El procedimiento
La novela repite. Una misma escena –el baño en el río, el recorrido hasta la casa, un gesto– se narra varias veces con variaciones mínimas, desde ángulos apenas distintos, con cambios en el orden de los detalles.
No hay progresión. El calor, la luz y la arena vuelven una y otra vez descritos con una precisión casi táctil, y el lector avanza en páginas sin avanzar en tiempo.
La referencia al nouveau roman francés es inevitable y Saer la conocía bien: Robbe-Grillet y Claude Simon hacían algo comparable. Lo que Saer agrega es el paisaje del litoral argentino como materia de esa repetición, y un fondo de violencia concreta que la novela francesa no tenía.
Por qué la forma es política
Aquí está el argumento que da título a esta lectura y conviene exponerlo con cuidado, porque puede sonar a justificación retrospectiva.
Una novela sobre la violencia escrita en 1980 tenía dos opciones convencionales. La denuncia directa era imposible de publicar y, para Saer, estéticamente sospechosa. La alegoría clara –los caballos como los desaparecidos– convierte el horror en símbolo legible y lo vuelve consumible.
Saer elige una tercera vía: la forma misma reproduce la experiencia. El clima de amenaza sin causa identificable, la imposibilidad de saber quién actúa, la sensación de que algo está ocurriendo y no se puede nombrar: eso es lo que el lector experimenta al leer, no lo que el libro cuenta.
La discontinuidad, la repetición y la falta de desenlace no son recursos aplicados a un tema. Son el tema, ejecutado.
La objeción
Hay una lectura crítica que conviene admitir. Un procedimiento tan hermético corre el riesgo de volverse ilegible para quien no traiga el contexto, y la novela exige del lector una paciencia que no todos conceden.
Saer sostuvo esa exigencia toda su vida y fue explícito al respecto: la literatura no está obligada a facilitar el acceso. Es una posición defendible y tiene un costo, que él aceptó.
La zona
Nadie nada nunca forma parte de lo que la crítica llama la zona saeriana: un territorio imaginario en torno a Santa Fe y al Paraná, con un elenco de personajes recurrentes –el Gato, Tomatis, Barco, Pichón Garay– que reaparecen en distintas novelas en distintos momentos de sus vidas.
Ese dispositivo permite que cada libro sea autónomo y que el conjunto funcione como una obra única. Leída dentro de la zona, esta novela ocupa un lugar preciso: es el punto donde el verano, el río y la violencia se juntan, y donde la prosa de Saer alcanza su máxima densidad y su mínima narración.