En el teatro comunitario no hay un dramaturgo que llega con un texto. La obra se construye en sala, con el grupo, a partir de lo que sus integrantes traen. Ese procedimiento tiene consecuencias que exceden lo teatral.

Cómo se construye una obra así

El proceso documentado en los grupos argentinos sigue etapas reconocibles.

Primero la recolección: los integrantes aportan recuerdos propios y familiares, fotografías, documentos, objetos, canciones. En pueblos pequeños ese material suele ser el único archivo existente sobre el período.

Después la selección, que es el momento decisivo. De todo lo aportado hay que elegir qué entra en la obra, y esa elección se discute en grupo. Ahí aparecen los desacuerdos: versiones distintas de un mismo episodio, familias implicadas de maneras opuestas, cosas que algunos prefieren no contar.

Luego la puesta en forma –escenas, personajes, canciones– y finalmente el ensayo, donde el texto sigue cambiando porque quienes lo interpretan opinan sobre él.

Por qué es una operación historiográfica

Un historiador hace exactamente eso: reúne fuentes, selecciona, jerarquiza y construye un relato. La diferencia es quién lo hace y con qué criterio.

En la dramaturgia comunitaria lo hace el colectivo cuya historia se cuenta, y el criterio no es la relevancia académica sino lo que el grupo considera que lo define.

El resultado no es una versión más precisa de la historia local: suele ser menos precisa en fechas y en nombres. Es otra cosa: un relato asumido, sobre el cual hubo deliberación y acuerdo.

El momento del conflicto

La parte más interesante y la menos visible desde afuera es la negociación.

En un pueblo chico, contar el cierre del ferrocarril implica hablar de quién se fue y quién se quedó, de quién compró barato cuando todos vendían, de qué hizo el intendente. Hay familias presentes en la sala cuyo apellido aparece en la historia.

Los grupos resuelven eso de maneras distintas: personajes compuestos que no corresponden a nadie en particular, alegorías, humor, o el acuerdo explícito de no nombrar. Cada solución es una decisión política sobre cuánta verdad soporta la convivencia.

Esa negociación no queda en el texto final, y sin embargo es donde ocurre lo esencial del proceso.

Identidad construida, no encontrada

La expresión constructo identitario es precisa y conviene no ablandarla.

La obra no expresa una identidad que el pueblo ya tenía. La produce: fija un origen, selecciona unos hitos, decide quiénes son los protagonistas y quiénes el fondo, y propone una continuidad entre el pasado y el presente que antes de la obra no estaba formulada.

Que sea construida no la vuelve falsa. Toda identidad colectiva lo es; la diferencia es que aquí el proceso de construcción es público, deliberado y observable, mientras que en las identidades nacionales quedó oculto bajo un siglo de escuela.

El límite

La obra se estrena y queda. Y una vez fijada, empieza a funcionar como la versión: lo que no entró tiende a desaparecer del recuerdo común.

Los grupos con más trayectoria lo advirtieron y algunos volvieron sobre su propio material años después, con otra obra que discute la primera. Es la solución más honesta disponible, y también la que demuestra que entendieron lo que estaban haciendo.

Teatro comunitario: vecinos que hacen su propia obra

Las reglas del formato

Los grupos comparten un conjunto de principios bastante estables.

Cualquier vecino puede participar, sin audición y sin experiencia previa. No se cobra por actuar ni suele cobrarse entrada, o se cobra a voluntad. Los elencos son grandes, a veces de más de cien personas, e incluyen todas las edades.

Se ensaya en espacios del barrio: un club, una plaza, un galpón cedido, una escuela. Y las obras se crean colectivamente, a partir de la historia local, en lugar de montar textos de repertorio.

Ese último punto es el que define al movimiento. La materia prima es lo que pasó en ese lugar: la fundación del pueblo, el cierre del ferrocarril, una inundación, una fábrica que se fue.

La dramaturgia como construcción de identidad

Aquí está la operación que interesa.

Cuando un grupo de vecinos decide qué contar de su historia común, está tomando decisiones sobre qué recuerda ese lugar de sí mismo. La dramaturgia no ilustra una identidad preexistente: la fabrica en el proceso de escribirla.

En muchos pueblos del interior bonaerense, el hecho que organiza la obra es el mismo: el cierre de los ramales ferroviarios en los años noventa, que dejó a decenas de localidades sin su razón de ser económica.

Poner eso en escena, con los propios vecinos interpretando a sus padres y abuelos, hace dos cosas a la vez. Registra un proceso histórico que la historia nacional cuenta como una línea en un balance, y le da a la comunidad un relato propio sobre lo que le pasó.

El debate sobre la calidad

La objeción previsible es que un elenco sin formación produce teatro mediocre, y conviene enfrentarla en lugar de esquivarla.

Es parcialmente cierta en términos de técnica interpretativa individual, y los propios grupos no lo discuten. Lo que sostienen es que el criterio está mal elegido.

Un elenco de cien vecinos en escena produce efectos que ninguna compañía profesional puede producir: la presencia física de una comunidad, el reconocimiento mutuo entre escena y público, la evidencia de que quien actúa vive a la vuelta. Eso no es una versión defectuosa del teatro profesional; es otra cosa.

La respuesta más sólida del movimiento ha sido práctica: varios grupos llevan treinta años haciendo la misma tarea, y la calidad técnica de sus montajes actuales no se parece a la de sus comienzos.

Lo que sostiene al movimiento

Tres factores explican su persistencia.

La periodicidad: se ensaya todas las semanas, durante años, y esa regularidad crea el hábito antes que la obra.

La financiación mixta: aportes estatales cuando los hay, y una economía propia de rifas, festivales y venta de comida cuando no. Ningún grupo depende enteramente de un subsidio.

Y la Red Nacional de Teatro Comunitario, que agrupa a los elencos, organiza encuentros y permite que un grupo nuevo aprenda de los que llevan décadas.

Esa infraestructura es lo que distingue a un movimiento de una suma de experiencias aisladas, y es probablemente su aporte más exportable.