Los lanzallamas se publicó en 1931 como continuación de Los siete locos, y su prólogo es probablemente el texto crítico más citado de la literatura argentina, por encima de muchos ensayos escritos para serlo.
Roberto Arlt lo usó para responder a quienes le reprochaban escribir mal, y lo hizo con una franqueza que convirtió la defensa en programa.
Lo que dice
El prólogo hace cuatro movimientos, y conviene separarlos porque se citan mezclados.
Primero, admite la acusación en lugar de negarla: escribe mal, no tiene estilo cuidado. Segundo, explica por qué: quien debe trabajar para vivir no dispone del ocio que el estilo exige, y él escribía a destajo, sin rentas ni biblioteca heredada. Tercero, descalifica el ideal contrario: el estilo pulido es cosa de quien tiene tiempo y dinero, no una virtud literaria neutral. Y cuarto, anuncia el futuro con una imagen célebre: el porvenir es nuestro, por prepotencia de trabajo.
Ahí está también la frase sobre escribir en una redacción, entre el ruido de la rotativa, que fija la imagen del escritor obrero frente al escritor señor.
La disputa real
El prólogo no discute en abstracto. Discute con un campo literario concreto: el de la Buenos Aires de los años veinte y treinta, donde la revista Sur y el grupo de Florida representaban una literatura culta, cosmopolita y financiada por el patrimonio familiar.
Arlt venía del otro lado: hijo de inmigrantes, sin estudios formales completos, periodista de oficio, autor de una columna diaria. Su castellano incorporaba lunfardo, italianismos y la sintaxis del habla porteña, y su formación literaria venía de traducciones baratas de los rusos.
Cuando reivindica la prepotencia de trabajo está reivindicando esa posición de clase como legitimidad, no pidiendo indulgencia por ella.
La objeción
La lectura celebratoria del prólogo tiene un punto débil que la crítica señaló hace tiempo.
La oposición entre escribir bien y escribir con fuerza es falsa, y Arlt lo sabía: sus mejores páginas están extraordinariamente construidas, con un control del ritmo y de la imagen que no se improvisa. El descuido es real en la corrección de superficie –erratas, repeticiones, sintaxis torcida– y es aparente en todo lo demás.
Convertir el prólogo en permiso para no trabajar el texto es, por lo tanto, un malentendido que el propio Arlt habría rechazado. Lo que reclamaba no era el derecho a escribir mal sino el derecho a que su manera contara como literatura.
Qué quedó
La influencia es rastreable y grande. La línea que va de Arlt a Onetti, a Piglia –que lo convirtió en tema teórico explícito–, a Fogwill y a buena parte de la narrativa urbana argentina posterior pasa por ese prólogo tanto como por las novelas.
Y queda una función que excede a la literatura. El texto es uno de los pocos documentos donde un escritor latinoamericano nombra sin rodeos la relación entre clase social y forma literaria: quién puede permitirse qué prosa, y por qué el juicio estético nunca es sólo estético.
Eso explica que se lo siga citando. No es una disculpa: es un análisis.