En enero de 1959, Karen Blixen –la escritora danesa que firmaba Isak Dinesen– viajó a Estados Unidos y expresó su deseo de conocer a Marilyn Monroe. El almuerzo se organizó en casa de Carson McCullers, en Nyack, y reunió a las tres mujeres junto con Arthur Miller.
El episodio se cuenta a menudo como anécdota glamorosa. Lo que interesa aquí es lo que había detrás del interés mutuo entre las dos escritoras.
Dos biografías con el cuerpo en el centro
Ambas escribieron desde la enfermedad, y eso no es un dato accesorio.
McCullers sufrió a los quince años una fiebre reumática mal diagnosticada. La secuela fue una serie de accidentes cerebrovasculares a partir de los veinte años que la dejaron parcialmente paralizada. Escribió sus últimos libros dictando, con el uso de una sola mano, y murió a los cincuenta.
Blixen contrajo sífilis en África, probablemente de su marido, en los primeros años de su matrimonio. El tratamiento con arsénico de la época le dejó daños permanentes; en sus últimos años padecía dolores intensos y una desnutrición grave, y pesaba muy poco cuando murió en 1962.
Qué hacen con eso
La coincidencia biográfica sería anecdótica si no se tradujera en una manera de narrar. Se traduce.
Ninguna de las dos escribe sobre su enfermedad. Las dos escriben sobre la soledad, que es otra cosa, y sobre personajes colocados en una posición de la que no pueden salir.
The Heart Is a Lonely Hunter, la novela que McCullers publicó a los veintitrés años, organiza cuatro soledades alrededor de un hombre sordomudo al que cada uno usa como confidente y que no comprende del todo a ninguno. The Ballad of the Sad Café construye un triángulo donde el amor nunca es correspondido en la dirección que haría falta, y McCullers formula ahí su tesis: en toda relación hay un amante y un amado, y son papeles distintos y no intercambiables.
Blixen escribe cuentos con forma de relato oral, con narradores que cuentan historias dentro de historias, casi siempre con un destino que se cumple. Babette’s Feast y Out of Africa son los más conocidos; en ambos la pérdida es la condición y no el final.
El desplazamiento del dolor
Lo que las dos hacen –y lo que justifica leerlas juntas– es negarse a la escritura terapéutica.
El dolor no aparece como confesión ni como queja. Aparece convertido en estructura: en la forma del triángulo amoroso imposible, en la del relato con destino cerrado. La experiencia se transforma en procedimiento narrativo y deja de ser materia autobiográfica.
Que eso produzca algo parecido a la esperanza es discutible y conviene no exagerarlo. Lo que produce, con seguridad, es una literatura donde el sufrimiento no busca compasión.
La afinidad y sus límites
Conviene medir la afirmación. No fueron amigas: se vieron una vez. No hay correspondencia extensa entre ellas, ni influencia demostrable de una sobre la otra, y sus poéticas son bastante distintas –el realismo sureño de McCullers frente al relato aristocrático y arcaizante de Blixen.
Lo que hay es una afinidad de posición: dos escritoras que trabajaron desde cuerpos dañados, en tradiciones distintas, y que llegaron a una decisión común sobre qué hacer con eso.
Leerlas como amigas imaginarias es, en ese sentido, más exacto que leerlas como amigas reales.