Los encuentros del Latinx Theatre Commons celebrados a lo largo de la década de 2010 giraron repetidamente alrededor de una misma cuestión: por qué el teatro latino estadounidense produce mucho más de lo que se programa.
La pregunta parece de gestión y es de estructura.
Los términos del problema
La población de origen latino en Estados Unidos ronda el veinte por ciento. La proporción de obras de autoría latina en las temporadas de los teatros regionales ha sido históricamente muy inferior, y los recuentos realizados por organizaciones del sector a lo largo de los años dos mil y dos mil diez lo confirmaron con regularidad.
La explicación habitual desde las instituciones ha sido la de la oferta: no hay suficientes obras, o no hay suficientes de calidad.
Esa explicación es verificablemente falsa. Existe una producción dramatúrgica latina abundante, con una tradición que va del teatro chicano de Luis Valdez y el Teatro Campesino en los años sesenta, ligado al movimiento de trabajadores agrícolas, hasta autores contemporáneos premiados con los mayores galardones del país.
Dónde está el cuello de botella
Si las obras existen, el problema está en el circuito, y se puede desagregar.
Quién programa. Los directores artísticos de los grandes teatros regionales son mayoritariamente blancos, y programan desde su red de relaciones y su repertorio conocido. No hace falta suponer mala fe: basta el funcionamiento normal de una red cerrada.
Qué se espera. Cuando una institución programa una obra latina suele buscar una que trate explícitamente temas de identidad, migración o frontera. Un drama familiar escrito por una autora latina que no hable de ser latina encaja peor, y esa expectativa temática es una jaula.
Quién es el público. Los teatros regionales tienen abonados estables, de edad alta y perfil socioeconómico definido, y programan pensando en no perderlos. La renovación de público es lenta y cara, y la mayoría de las instituciones no la emprenden.
Y la casilla anual. La estrategia más común es incluir una obra latina por temporada, lo que convierte a los autores en competidores entre sí por una única plaza en lugar de ampliar el espacio.
Lo que un encuentro puede y no puede hacer
Los convenings de la red abordaron esto reuniendo en el mismo lugar a artistas y a programadores, con lecturas de obras y discusión directa.
Lo que eso resuelve es la primera barrera: el desconocimiento. Un director artístico que escuchó una obra y conoció a su autora tiene una razón menos para no programarla.
Lo que no resuelve son las otras tres. La expectativa temática, la composición del público y la casilla anual dependen de decisiones institucionales que una red externa no controla.
El dato que ordena la discusión
Conviene terminar por donde se empieza en cualquier análisis honesto de este campo.
La cuestión no es de justicia representativa únicamente. Un sistema teatral que programa para una quinta parte de su población potencial está renunciando a público, a temas y a formas, y eso es también un problema de supervivencia para instituciones que llevan décadas con las salas a media capacidad.
Plantearlo así –como interés propio del sector y no sólo como reparación– es probablemente lo que más ha hecho avanzar la discusión.