El entenado, publicada por Juan José Saer en 1983, parte de un hecho histórico documentado: la expedición de Juan Díaz de Solís al Río de la Plata en 1516, cuyo capitán y buena parte de su tripulación murieron a manos de los indígenas de la costa.

Saer toma ese episodio y lo convierte en el relato de un superviviente: un grumete huérfano, sin nombre en toda la novela, que es capturado, conservado con vida durante una década y después devuelto deliberadamente a los suyos.

La estructura del relato

La novela está escrita como memoria tardía. El narrador es un hombre viejo, en Europa, que intenta sesenta años después poner por escrito lo que vivió. Esa distancia temporal es la decisión formal que organiza el libro entero.

Entre la experiencia y el relato hay, por lo tanto, dos filtros: el de la memoria, que degrada y reordena, y el de la lengua, que sólo dispone de las categorías europeas que el narrador trajo y recuperó al volver.

El resultado es un texto que se corrige a sí mismo constantemente. El narrador afirma algo y duda; describe una escena y admite que quizá no ocurrió así; propone una interpretación y la retira. Esa vacilación no es un rasgo de estilo: es el tema.

Lo que el narrador no entiende

Los indígenas que lo capturan tienen prácticas que él observa sin comprender. Hay una fiesta anual de exceso, hay antropofagia ritual, hay un largo período de silencio y resaca después.

La novela se niega a explicarlo. No hay antropólogo implícito que traduzca, ni epifanía en la que el narrador acceda al sentido. Lo que hay es un observador que registra y que es explícito sobre los límites de su registro.

Esa negativa es una posición sobre el conocimiento del otro. La literatura colonial y buena parte de la literatura sobre indígenas resuelve el problema dando al narrador una comprensión que su posición no autoriza. Saer lo deja sin ella.

La función del testigo

Hay un giro central. Los indígenas conservan al muchacho con vida y luego lo devuelven porque necesitan un testigo: alguien que haya visto y que pueda contarlo afuera.

Es decir que el narrador no sobrevivió por azar. Su supervivencia era la función que le fue asignada, y todo su relato posterior cumple un encargo que él sólo comprende a medias.

Eso reordena el sentido del libro. No es la historia de un europeo que conoce a unos indígenas: es la historia de un hombre usado como memoria por un pueblo que después desapareció, y que cumple su tarea sesenta años tarde y mal.

La lengua

El entenado está escrita en un castellano de sintaxis larga, de períodos que se extienden y se matizan, deliberadamente distante del español contemporáneo sin ser pastiche arcaico.

Saer construyó ahí un problema técnico y lo resolvió: la prosa debe sonar antigua sin volverse ilegible, y debe permitir la digresión reflexiva que la novela necesita. La lentitud resultante es funcional, no decorativa.

Su lugar

La novela pertenece al conjunto de obras latinoamericanas de los años setenta y ochenta que releen la conquista desde adentro del lenguaje –Yo el Supremo de Roa Bastos, El arpa y la sombra de Carpentier, Los perros del paraíso de Posse– y es, entre ellas, la más escéptica.

Donde otras proponen una versión alternativa de la historia, Saer propone que ninguna versión es recuperable, y hace de esa imposibilidad la materia del libro. Es una posición incómoda y ha resultado la más duradera.