“Apocalipsis de Solentiname” se publicó en Alguien que anda por ahí (1977) y es uno de los relatos más discutidos de Julio Cortázar, sobre todo por la relación que establece entre procedimiento fantástico y compromiso político.

El relato

El narrador –un escritor argentino que responde al perfil del propio Cortázar– viaja a Costa Rica y de allí a Solentiname, el archipiélago del lago de Nicaragua donde Ernesto Cardenal había fundado una comunidad cristiana de base.

Allí ve las pinturas de los campesinos del lugar: cuadros ingenuos, de colores planos, que representan la vida cotidiana del archipiélago, animales, fiestas, la Sagrada Familia en un paisaje nicaragüense. Les saca fotografías.

De regreso en París, proyecta las diapositivas. En lugar de los cuadros aparecen imágenes de violencia: un cuerpo, un fusilamiento, una tortura, escenas de la represión en América Latina. El narrador se descompone. Cuando su pareja mira las mismas diapositivas, ve los cuadros.

Cómo funciona el procedimiento

El mecanismo es el de lo fantástico cortazariano clásico: una perturbación mínima en un mundo descrito con precisión realista, sin explicación posterior.

Lo específico aquí es que la perturbación tiene contenido político. La cámara no miente: revela. Las fotos muestran lo que las pinturas contienen sin representarlo, o lo que estaba por ocurrirles a quienes las pintaron.

La fecha importa. El relato se publicó en 1977, bajo la dictadura de Somoza; Solentiname fue efectivamente destruida por la Guardia Nacional ese mismo año, tras la participación de miembros de la comunidad en un ataque insurreccional. El relato anticipa en la ficción algo que ocurrió en los hechos.

La cuestión de la mirada

Hay una lectura crítica que va más allá de la anécdota y que es la más productiva.

El narrador es un intelectual latinoamericano que vive en París y que visita brevemente un lugar donde la historia está ocurriendo. Fotografía el arte popular y se lo lleva. La proyección en su apartamento parisino es el momento en que esa extracción se le vuelve en contra: lo que trajo como souvenir estético le devuelve la violencia que su distancia le permitía no ver.

Leído así, el relato es autocrítico. Trata sobre el lugar del escritor exiliado y cómodo frente a una violencia que ocurre lejos, y sobre la insuficiencia de la contemplación.

Que su pareja vea los cuadros y no la violencia refuerza esa lectura: la revelación no es un fenómeno del mundo sino de la conciencia del narrador.

El debate que el relato reabre

Cortázar es el caso más citado en la discusión sobre literatura y compromiso en América Latina. Su militancia con la Revolución cubana primero y con la sandinista después convivió con una obra que nunca fue realista ni programática.

Las posiciones son conocidas. Una sostiene que lo fantástico y el compromiso son incompatibles, y que sus relatos políticos son los más débiles. Otra, que la literatura no necesita representar la política para intervenir en ella.

“Apocalipsis de Solentiname” es el texto donde esa tensión se vuelve el asunto del relato en lugar de ser un problema externo a él. Por eso sigue leyéndose: no resuelve la discusión, la escenifica.