Hablar de literatura patagónica plantea de entrada un problema de definición. ¿Es la literatura escrita en la Patagonia, la escrita sobre la Patagonia, o la escrita por patagónicos? Las tres respuestas producen corpus distintos y sólo parcialmente superpuestos.
Ese desacuerdo no es un defecto terminológico: es el síntoma de cómo se constituyó el campo.
El primer archivo es de viajeros
Durante casi cuatro siglos, lo que se escribió sobre la Patagonia lo escribieron quienes pasaban por ella. Cronistas de expediciones, naturalistas, misioneros, funcionarios.
Darwin dedicó páginas notables al territorio en el relato del viaje del Beagle. George Chaworth Musters convivió con los tehuelches y publicó en 1871 At Home with the Patagonians, uno de los documentos etnográficos más valiosos del período. Francisco Moreno, el Perito, escribió sus viajes al Nahuel Huapi.
Ese archivo es enorme y tiene un rasgo común: describe un territorio para lectores que están en otra parte. La Patagonia aparece como espacio a conocer, a medir y eventualmente a ocupar.
La construcción del desierto
La categoría que organiza buena parte de esa escritura es la del desierto, y es una construcción discursiva antes que una descripción geográfica.
Llamar desierto a un territorio habitado por pueblos tehuelches, mapuches y otros es la operación que hace pensable su ocupación. La Campaña del Desierto, la ocupación militar del territorio entre 1878 y 1885, tomó su nombre de ese vocabulario y lo confirmó.
La literatura posterior heredó la figura. El paisaje patagónico como vacío, silencio y confín –el fin del mundo– es una imagen persistente, y su persistencia tiene una historia política concreta.
Los libros que fijaron la imagen
Dos títulos del siglo XX condicionaron la percepción internacional.
La Patagonia rebelde de Osvaldo Bayer, investigación histórica sobre las huelgas rurales de Santa Cruz de 1920-1921 y su represión por el ejército, llevó al territorio una historia obrera que el relato del desierto había ocultado. Su versión cinematográfica de 1974 fue prohibida poco después.
In Patagonia de Bruce Chatwin, publicado en 1977, hizo lo contrario: convirtió la región en destino literario internacional mediante un relato de viaje fragmentario, bellamente escrito y con una relación con los hechos que investigaciones posteriores encontraron bastante libre.
Los dos libros siguen siendo los más citados, y entre ellos está la tensión del campo: la Patagonia como conflicto social o como paisaje para el viajero.
La producción desde adentro
El cambio de las últimas décadas es el surgimiento de una narrativa y una poesía producidas en la región, con editoriales locales, ferias y circuitos propios.
Lo que esa producción hace con el paisaje es distinto. Deja de ser escenario sublime y pasa a ser lugar de trabajo: el petróleo, la lana, el turismo, la ciudad intermedia, la frontera con Chile, la migración interna.
También cambia quién habla. La literatura mapuche contemporánea, escrita en mapudungun y en castellano, interviene directamente sobre la figura del desierto, que es la que justificó el despojo de sus tierras.
Lo que queda por resolver
El riesgo del campo es que la etiqueta regional funcione como techo: un escritor patagónico leído como representante de su territorio antes que como autor.
Es el mismo problema que enfrentaron las literaturas del noroeste y del litoral argentinos, y la salida que la crítica propone suele ser la misma: usar la categoría para localizar la producción y no para clasificar la obra.