La discusión sobre el valor cívico del teatro suele centrarse en los contenidos: qué temas trata, qué posición adopta, a quién interpela. Hay un argumento anterior y más sólido, que no depende de lo que la obra diga.

La condición material

Una función reúne a personas que no se conocen en un espacio cerrado, durante un tiempo determinado, atendiendo simultáneamente a lo mismo y sin poder pausar ni acelerar.

Esa descripción parece trivial y no lo es. Prácticamente ninguna otra experiencia contemporánea cumple las cuatro condiciones a la vez.

El consumo audiovisual doméstico es individual y controlable: se pausa, se adelanta, se abandona. El consumo en línea está segmentado por algoritmo: cada uno recibe algo distinto. El estadio y el recital reúnen multitudes pero no exigen silencio ni atención sostenida a un discurso complejo.

La copresencia atenta de desconocidos es una condición rara, y es exactamente la condición que cualquier deliberación pública requiere.

Por qué importa

La teoría política contemporánea describe con bastante consenso un proceso de erosión de los espacios comunes: la fragmentación mediática, el repliegue doméstico, la desaparición de ámbitos donde personas distintas coincidan.

Una sala teatral no revierte ese proceso. Lo que hace es conservar un ejemplo funcionando: un lugar donde la atención es colectiva, donde el tiempo no lo decide cada uno, y donde uno percibe la reacción de los demás.

Escuchar reírse a alguien que no conocemos de algo que también nos causa gracia es una experiencia de comunidad mínima y real. Escuchar el silencio de una sala entera ante una escena difícil, también.

Los ensayos

Hay un segundo argumento, aplicable a quienes hacen teatro y no sólo a quienes lo ven.

Un proceso de ensayo es una práctica de coordinación sostenida entre personas con roles distintos, hacia un objetivo común, con conflicto y con negociación. Dura meses y produce un resultado público.

El teatro comunitario argentino trabajó explícitamente sobre esa dimensión: lo que el vecino aprende no es sólo a actuar sino a sostener un compromiso semanal con un grupo, a discutir decisiones colectivas y a asumir una tarea.

Las organizaciones vecinales que surgieron alrededor de esos grupos son, en varios casos documentados, el efecto cívico más duradero de la experiencia, por encima de las obras.

Lo que no hay que prometer

Conviene resistir la sobreactuación del argumento, que es frecuente en la retórica de las políticas culturales.

El teatro no produce ciudadanía por sí solo, no compensa la ausencia de derechos y no reemplaza a la escuela ni a la organización política. Una obra sobre desigualdad no reduce la desigualdad.

Y la mayor parte del público teatral de cualquier ciudad pertenece a un sector social bastante homogéneo, lo que limita seriamente la premisa de la copresencia de distintos.

La conclusión razonable

El aporte del teatro a la experiencia cívica es estructural y modesto: mantiene en funcionamiento una forma de estar juntos que está desapareciendo, y entrena, en quienes lo hacen, la coordinación sostenida.

Es menos de lo que a veces se declara y más de lo que parece. Un lugar donde desconocidos comparten la atención durante noventa minutos es, en las condiciones actuales, una institución.