El under porteño de los años ochenta es uno de esos fenómenos culturales que se recuerdan más por su atmósfera que por sus obras, y que sin embargo determinaron lo que vino después.

El contexto

La dictadura terminó en diciembre de 1983. Lo que siguió fue una descompresión cultural intensa: censura levantada, gente saliendo de noche, espacios abriéndose en sótanos y locales precarios.

El Parakultural, abierto en 1986 en un local de la calle Venezuela, es el emblema del período, junto con Cemento, el Café Einstein y una red de bares y sótanos donde teatro, música, performance y moda ocurrían la misma noche y a veces en el mismo escenario.

No había separación disciplinaria y ese es el rasgo definitorio. Un grupo de teatro tocaba, una banda actuaba, un desfile era una obra.

El Clú del Claun

Formado a mediados de los ochenta, el Clú del Claun combinaba clown, música en vivo, humor absurdo y una relación directa con el público que venía de la técnica del payaso y no de la actuación dramática.

Por el grupo pasaron intérpretes que después tuvieron trayectorias importantes en el teatro, el cine y la televisión argentinos, y su estética –el ridículo asumido, la torpeza como recurso, la comunicación directa con la platea– se volvió reconocible mucho más allá de sus integrantes.

Lo que aportaron técnicamente fue la introducción del clown como disciplina seria en el teatro porteño. Hasta entonces el payaso pertenecía al circo y al espectáculo infantil; a partir de ahí pasó a ser una formación que actores de teatro dramático buscaban.

Por qué el humor

La elección del registro cómico en ese momento no fue casual, y hay dos lecturas que conviven bien.

Una es de agotamiento. Después de siete años de dictadura y de un teatro que había tenido que hablar en clave alegórica y solemne, el humor y el absurdo eran una descarga.

La otra es de eficacia. El clown trabaja con el fracaso: el payaso es alguien que intenta algo y no lo consigue, y esa estructura permitía hablar de la torpeza, la humillación y la impotencia sin discurso explícito.

Conviene notar que el under de los ochenta fue criticado en su momento desde la izquierda cultural por frívolo, por haber abandonado el compromiso del teatro de los setenta. Vista con distancia, la crítica no se sostiene: era otro modo de tramitar lo mismo.

Lo que dejó

Tres cosas medibles.

Una generación de intérpretes que ocupó después el teatro comercial, el cine y la televisión, y que llevó consigo una manera de estar en escena más suelta que la de la tradición anterior.

Un circuito. Buena parte de las salas independientes porteñas que hoy sostienen la escena vienen directa o indirectamente de aquel momento, y el modelo de sala pequeña autogestionada se consolidó entonces.

Y una idea: que el teatro puede ocurrir en cualquier parte, con poco dinero, sin permiso institucional y mezclado con otras disciplinas. Buenos Aires tiene hoy una de las escenas independientes más densas del mundo en cantidad de salas por habitante, y esa densidad tiene ahí su origen.