Sergio Blanco, dramaturgo y director uruguayo-francés nacido en Montevideo en 1971, es uno de los autores latinoamericanos más representados de su generación. Sus obras –Tebas Land, La ira de Narciso, Ostia, El bramido de Düsseldorf, Cartografía de una desaparición– se montan en varios continentes.
Su marca es la autoficción, y conviene precisar qué entiende por eso porque el término se usa con ligereza.
Qué es la autoficción, según él
El procedimiento consiste en que un personaje llamado Sergio Blanco, con la biografía del autor, aparece en la obra contando su propia vida. Hasta ahí es autobiografía.
Lo que lo convierte en otra cosa es que Blanco declara explícitamente, dentro de la obra, que parte de lo que cuenta es falso, y no indica qué parte.
Esa declaración cambia la posición del espectador. Ya no puede creer ni descreer: queda obligado a sostener las dos posibilidades a la vez durante toda la función. La incertidumbre no es un efecto secundario, es el objeto.
Blanco ha insistido en que la autoficción no es una confesión sino lo contrario: un dispositivo para protegerse mientras se exhibe. Lo que se muestra es un yo construido, y esa construcción es lo que el espectador ve trabajar.
Tebas Land
Es su obra más conocida y la que mejor muestra el mecanismo.
Un dramaturgo visita una cárcel para entrevistar a un joven que asesinó a su padre, con la intención de escribir una obra sobre él. Después ensaya con un actor que interpretará al preso. La pieza muestra los tres niveles: el encuentro real, el ensayo y la obra resultante.
El texto dialoga con el mito de Edipo y con el parricidio como materia trágica, y a la vez plantea una cuestión ética contemporánea: qué derecho tiene un autor sobre la historia de otro, y qué hace cuando la convierte en material.
Esa pregunta atraviesa toda su obra y es la que la salva de la complacencia que la autoficción suele producir.
La tradición y la diferencia
El término autoficción lo acuñó Serge Doubrovsky en 1977 para la novela, y en la literatura tiene una genealogía larga. Blanco lo traslada al teatro, donde el efecto es distinto.
En una novela el pacto es privado y el lector puede consultar. En una sala hay un cuerpo presente que dice “yo” delante de un público que respira el mismo aire, y esa presencia física intensifica la ambigüedad hasta un punto que la página no alcanza.
Blanco añade otra capa: en varios montajes ha interpretado él mismo el papel de Sergio Blanco, y en otros lo hace un actor. La obra funciona en los dos casos, y que funcione es en sí mismo un argumento sobre la construcción del yo.
Las objeciones
La principal es de agotamiento. Un procedimiento que depende de la sorpresa pierde eficacia cuando el público lo conoce de antemano, y Blanco lleva más de una década usándolo.
La segunda es ética y él la ha tematizado sin resolverla: su teatro usa historias de personas reales –un preso, un enfermo, una familia– y la advertencia de que todo puede ser falso no anula la exposición de quienes no subieron al escenario a defenderse.
Que la obra plantee su propio problema no lo elimina. Pero en un campo donde la autoficción suele consistir en hablar de uno mismo sin riesgo, un autor que convierte ese riesgo en el asunto está haciendo algo más que confesarse.