Los Premios Teatro del Mundo los otorga desde 1998 el Centro Cultural Ricardo Rojas de la Universidad de Buenos Aires, a partir del trabajo de un jurado integrado por investigadores y críticos vinculados al Instituto de Artes del Espectáculo de la Facultad de Filosofía y Letras.

No entregan dinero ni tienen ceremonia televisada. Su peso viene de otra parte.

Qué los distingue

Tres rasgos los separan del resto de los premios teatrales argentinos.

El primero es el origen. Provienen de la universidad pública y no de una asociación de productores, de la prensa ni de un organismo estatal de fomento. El jurado son investigadores que ven teatro como parte de su trabajo.

El segundo es la cobertura. El jurado asiste a la producción de toda la temporada porteña, incluida la del circuito independiente más pequeño, que es donde ocurre buena parte de la investigación formal y donde los premios comerciales no llegan.

El tercero es la estructura de rubros. Se premia dirección, dramaturgia, actuación, escenografía, vestuario, iluminación, música, títeres, danza-teatro, teatro para niños, ensayo, traducción y labor de investigación, entre otros. Esa desagregación reconoce oficios que suelen quedar invisibles.

Los “trabajos destacados”

Además del premio por rubro, las listas anuales incluyen menciones a trabajos destacados. Esa categoría es la que más se cita y también la que mejor explica la función del galardón.

Al no limitarse a un ganador por categoría, el listado funciona como un registro: deja constancia de qué se hizo en la temporada y quién lo hizo.

Para la investigación teatral eso tiene un valor práctico. El teatro es efímero por definición, y la mayoría de las producciones independientes no deja más rastro que un programa de mano y algunas fotografías. Una lista anual elaborada con criterio y publicada de forma sostenida se convierte, con los años, en una fuente.

La función de archivo

Ahí está el punto más interesante y el menos evidente.

Un premio cuyo jurado ve todo y publica listas extensas produce, sin proponérselo, una historia de la escena. Veinticinco años de listas permiten rastrear la trayectoria de un director desde su primera mención, seguir la aparición de una generación, o medir cuándo una disciplina –la danza-teatro, el teatro de objetos– pasó de marginal a central.

Ese uso documental explica por qué los premios aparecen citados con frecuencia en trabajos académicos y en enciclopedias, incluso fuera de Argentina: son de los pocos registros sistemáticos disponibles sobre una escena muy productiva y poco documentada.

Los límites

Conviene señalarlos.

La cobertura es porteña. El teatro del resto del país queda fuera, y eso reproduce una concentración que ya es problemática en el campo cultural argentino.

Y el jurado tiene una posición estética identificable: proviene de la investigación académica y tiende a valorar la investigación formal por encima del oficio comercial. Es una posición legítima y conviene no confundir sus listas con un panorama neutral de la actividad.

Con esas reservas, el caso muestra algo que trasciende a estos premios. Una institución que se propone valorar termina, si es constante, documentando. Y en una disciplina que desaparece cada noche, documentar resulta ser el servicio más duradero.