El utilitarismo que Jeremy Bentham formuló a finales del siglo XVIII es de una simplicidad brutal: una acción es correcta en la medida en que produce la mayor felicidad para el mayor número, y la felicidad se define como placer y ausencia de dolor.
Bentham era consecuente. Sostenía que los placeres sólo difieren en cantidad –intensidad, duración, certeza, proximidad– y no en calidad. De ahí su frase sobre que un juego de mesa sencillo vale tanto como la poesía si produce igual placer.
El problema que Mill quiso resolver
Esa consecuencia expuso al utilitarismo a una objeción que sus críticos repitieron sin descanso: si sólo cuenta la cantidad de placer, se trata de una filosofía para cerdos.
John Stuart Mill, formado por su padre en la doctrina benthamiana desde la infancia, intentó en Utilitarianism (1863) responder a esa acusación introduciendo una distinción: hay placeres superiores –los intelectuales, morales, estéticos– y placeres inferiores –los corporales–, y los primeros valen más aunque produzcan menos placer.
Su frase resume la posición: es mejor ser un ser humano insatisfecho que un cerdo satisfecho; mejor ser Sócrates insatisfecho que un necio satisfecho.
Por qué es un error
La objeción es conocida y bastante sólida.
Si los placeres difieren en calidad y no sólo en cantidad, hace falta un criterio para establecer esa jerarquía. Y ese criterio no puede ser el placer mismo, porque entonces volveríamos a la cantidad. Tiene que ser algo externo –la dignidad, la naturaleza humana, el desarrollo de las facultades superiores–, y en cuanto se lo admite el utilitarismo deja de ser utilitarismo: ha importado un valor que no deriva de la utilidad.
Mill intentó cerrar el hueco con un procedimiento empírico: el juez competente. Quien ha experimentado ambos tipos de placer preferirá invariablemente el superior, y su preferencia decide.
El remedio no funciona. Es discutible de hecho –hay personas que conocen ambos y prefieren el inferior– y es circular en su forma: define al juez competente como aquel que elige bien, y después usa su elección como prueba de qué es elegir bien.
Lo que la objeción no alcanza
Conviene no exagerar la conclusión, porque la crítica suele usarse para descartar a Mill entero y eso sería injusto.
Primero: la inconsistencia es real pero la intuición que la motiva también. Casi nadie acepta de verdad que una vida de placeres simples equivalga a una vida de conocimiento y relaciones complejas, y una teoría moral que choque frontalmente con esa intuición tiene un problema serio. Mill percibió algo que Bentham no.
Segundo: el resto de su obra no depende de esta distinción. On Liberty, con su principio de que el único fin que autoriza a limitar la libertad de alguien es evitar daño a terceros, es independiente del argumento sobre los placeres y ha tenido una influencia mayor.
Tercero: Mill fue, junto con Harriet Taylor, autor de The Subjection of Women (1869), uno de los argumentos más tempranos y sistemáticos a favor de la igualdad jurídica de las mujeres escritos por un filósofo varón en el siglo XIX.
La consecuencia para la teoría moral
El caso es didáctico más allá de Mill. Muestra qué ocurre cuando una teoría intenta absorber una objeción sin revisar su principio: el remedio introduce en el sistema exactamente aquello que el sistema quería eliminar.
El utilitarismo posterior tomó dos caminos frente a esto. Uno acepta la consecuencia contraintuitiva y la defiende. El otro abandona el hedonismo y define la utilidad como satisfacción de preferencias, lo que elude la jerarquía de placeres al precio de otras dificultades.
Ninguno de los dos rescata la solución de Mill, y esa es la razón por la que su error sigue enseñándose: es el punto donde una tradición filosófica descubrió su propio límite.