Héctor Álvarez Murena (1923-1975), que firmaba H. A. Murena, fue ensayista, novelista, poeta y traductor argentino. Perteneció al círculo de la revista Sur, tradujo a Walter Benjamin al castellano antes que casi nadie en el ámbito hispánico, y sostuvo posiciones que lo dejaron progresivamente aislado.

La tesis del destierro

Su libro más discutido es El pecado original de América (1954). Su tesis central es provocadora y conviene enunciarla con cuidado.

Murena sostiene que el europeo que llegó a América cometió una ruptura: abandonó el suelo donde su cultura tenía raíces y se instaló en un continente cuya historia no era la suya. El resultado es que el americano –se refiere al americano de origen europeo– vive en una condición de destierro, sin pasado propio y sin acceso pleno al que dejó atrás.

De ahí el pecado original del título: no una culpa moral sino una fractura constitutiva.

La tesis fue criticada con dureza, y con motivos. Ignora que el continente estaba habitado y que sus poblaciones tenían historia y cultura; el sujeto de Murena es exclusivamente criollo. Leída hoy, esa omisión es difícil de pasar por alto.

Lo que conserva valor es el diagnóstico psicológico de una clase intelectual concreta: la argentina del siglo XX, que se pensaba europea en un lugar que no lo era y que hizo de esa incomodidad su tema recurrente.

Lo sagrado

La otra línea de su obra es la crítica a la modernidad secular, y aquí Murena es más original.

Su argumento es que la modernidad no eliminó lo sagrado sino que lo desplazó. Al retirarlo de la religión, lo redistribuyó en sustitutos –la nación, el progreso, la revolución, el consumo– que cumplen la misma función sin reconocerla.

El resultado, según él, es peor que la religión que reemplazaron: un sagrado que no se sabe sagrado no admite crítica, porque no se presenta como creencia sino como evidencia.

Ese planteo lo acerca a un conjunto de pensadores del siglo XX –Mircea Eliade sobre el tiempo sagrado, Simone Weil sobre el arraigo, Benjamin sobre el capitalismo como culto– y lo separa netamente del clima intelectual argentino de los sesenta y setenta, dominado por el marxismo y por el psicoanálisis.

El aislamiento

Murena pagó esa posición. No encajaba en la izquierda, que veía en su crítica de la modernidad un conservadurismo disfrazado; ni en la derecha católica, porque su idea de lo sagrado no era confesional; ni en el liberalismo de Sur, con el que rompió.

Murió a los cincuenta y dos años, con una obra extensa y poca lectura.

Por qué se lo relee

Su recuperación parcial en las últimas décadas tiene dos motivos.

El primero es su labor como traductor y difusor. Murena introdujo a Benjamin, a Adorno y a otros autores de la Escuela de Frankfurt en el ámbito hispanohablante en un momento en que eran prácticamente desconocidos, y esa tarea tuvo consecuencias que exceden a su propia obra.

El segundo es que su crítica de los sustitutos de lo sagrado resultó menos anticuada de lo que parecía. Un pensamiento que en 1960 sonaba nostálgico se lee distinto en un momento en que la discusión sobre creencia, comunidad y sentido volvió al centro de la teoría política.

No es una reivindicación completa. Su tesis sobre América sigue siendo insostenible tal como la formuló. Pero el ensayista que la escribió pensaba con independencia, que en su época y en su medio era una posición costosa.