El velorio del angelito fue durante siglos una práctica extendida en buena parte de América Latina, con variantes locales: velorio del angelito en Chile y Argentina, baquiné en el Caribe, velório de anjinho en Brasil.

Su premisa teológica era que un niño muerto antes del uso de razón va directamente al cielo. No hay juicio ni purgatorio, y por lo tanto no corresponde el luto: corresponde una fiesta.

Cómo era

Las descripciones etnográficas coinciden en los rasgos generales.

El cuerpo del niño se vestía de blanco o con atuendo de ángel, con alas de papel y a veces una corona de flores. Se lo sentaba o se lo colocaba sobre una mesa adornada, y se lo velaba durante una o dos noches.

Había música, canto y en muchas variantes baile. Se comía y se bebía. Los asistentes podían dirigirse al niño con encargos para llevar al cielo. En el Caribe, el baquiné incorporaba percusión y cantos de ascendencia africana.

Llorar estaba mal visto, o al menos desalentado. Se sostenía que las lágrimas de la madre mojaban las alas del angelito y le impedían volar.

La lectura fácil y la más difícil

La lectura moderna inmediata es que la práctica negaba el dolor de los padres e imponía una alegría forzada. Hay algo de eso y la etnografía registra el sufrimiento de madres obligadas a sonreír.

La lectura más productiva es otra. En contextos de mortalidad infantil altísima, donde perder uno o varios hijos era una experiencia común y no excepcional, el rito cumplía funciones verificables.

Daba un guion: en un momento de desorganización total, indicaba qué hacer, qué vestir, a quién llamar, cuánto durar. Movilizaba a la comunidad, que se hacía presente durante días. Y otorgaba al hecho un sentido: la pérdida se convertía en una ganancia para el cielo y en un intercesor para la familia.

Ninguna de esas tres funciones es despreciable, y las tres desaparecieron con la práctica.

Por qué desapareció

Tres procesos convergentes.

La caída de la mortalidad infantil convirtió la muerte de un niño en un acontecimiento raro. Un rito social requiere frecuencia para reproducirse.

La medicalización desplazó el lugar: se muere en un hospital y el cuerpo pasa a gestión profesional, con lo que el velorio prolongado en la casa deja de ser posible.

Y la propia Iglesia desalentó los aspectos festivos, que consideraba paganos o poco decorosos.

Lo que quedó en su lugar

Prácticamente nada, y ese es el punto.

Los padres que hoy pierden un hijo en América Latina, como en casi todo el mundo occidental, enfrentan un duelo sin guion. La sociedad no tiene siquiera una palabra: quien pierde a su cónyuge es viudo, quien pierde a sus padres es huérfano, quien pierde un hijo no tiene nombre.

Los grupos de acompañamiento entre pares, que en las últimas décadas se multiplicaron en la región y funcionan con frecuencia por internet, ocupan parcialmente ese hueco. Reúnen a quienes pasaron por lo mismo y ofrecen lo que el rito ofrecía: un guion, una compañía y un lenguaje.

Recuperar, con cuidado

Hay iniciativas que reivindican el velorio del angelito como patrimonio, sobre todo en el ámbito del folclore y de la música.

Conviene distinguir qué se recupera. La prohibición de llorar no es recuperable y no debería serlo. Lo que sí puede examinarse es la función que el rito cumplía, y preguntarse qué la cumple ahora.

La respuesta honesta, en la mayoría de los casos, es que no la cumple nada.