Una escuela enseña muchas cosas que sus alumnos pueden no necesitar nunca y omite una que todos van a enfrentar. La muerte aparece en el currículo como fenómeno biológico y como acontecimiento histórico, casi nunca como experiencia.

Esa omisión no es un descuido: tiene una historia y cumple una función.

Cómo se volvió invisible

El historiador Philippe Ariès documentó en El hombre ante la muerte el desplazamiento occidental que va de la muerte domesticada –ocurrida en casa, ante la familia y los vecinos, con el moribundo dirigiendo su propia despedida– a la muerte medicalizada y oculta del siglo XX.

Los datos del cambio son concretos. Se muere mayoritariamente en hospitales y no en el hogar. Los niños quedan al margen de los rituales. El duelo se abrevia y se privatiza. El cadáver se gestiona profesionalmente.

Una generación puede llegar a la adultez sin haber visto morir a nadie, algo que en cualquier sociedad anterior habría sido impensable. La escuela se limita a reproducir esa condición general.

Qué pierde la omisión

Tres cosas, en orden de gravedad creciente.

La primera es que los alumnos enfrentan muertes reales –de abuelos, de compañeros, de docentes– sin ningún marco previo. La escuela reacciona entonces con improvisación, y la reacción suele consistir en volver a la normalidad lo antes posible.

La segunda es conceptual. Muchas de las preguntas que la filosofía, la literatura y el arte vienen trabajando desde hace milenios sólo tienen sentido en relación con la finitud. Enseñar a Séneca, a Quevedo, a Rulfo o a Borges sin poder hablar de la muerte deja los textos sin su asunto.

La tercera es cívica. Las decisiones colectivas sobre cuidados paliativos, donación de órganos, eutanasia y muerte digna se discuten públicamente, y una población sin vocabulario para el tema participa mal en esa discusión.

Lo que no debería hacerse

Conviene decirlo porque la propuesta contraria tiene su propio riesgo.

Una pedagogía de la muerte no puede ser una asignatura con contenidos y evaluación. Convertir la finitud en unidad temática con objetivos de aprendizaje es una forma de neutralizarla tan eficaz como el silencio.

Tampoco puede consistir en exponer a los niños a material perturbador en nombre del realismo. La capacidad de comprender la muerte tiene etapas evolutivas bastante documentadas, y un tratamiento que las ignore hace daño.

Y no debería derivar en consuelo religioso impuesto en una escuela pública plural, ni en su opuesto, un materialismo que descarte el sentido que las familias dan al asunto.

Lo que sí

Las experiencias que la bibliografía describe como razonables son modestas y transversales.

Aprovechar lo que ya está en el currículo: la literatura está llena de muertes, la historia también, y la biología ofrece el marco del ciclo vital. Se trata menos de agregar contenido que de no esquivar el que ya se enseña.

Tener un protocolo para cuando ocurra: qué dice la escuela, quién habla con el grupo, cómo se acompaña al alumno que perdió a alguien, qué se hace con el asiento vacío.

Y admitir la pregunta cuando un chico la formula, en lugar de derivarla a la casa. Un docente no necesita una respuesta; necesita no cambiar de tema.

Por qué nombrarlo

Que exista un término específico para este campo –la didáctica de la muerte, o thanatodidáctica– tiene una utilidad práctica: permite que se lo investigue, se lo publique y se lo incluya en la formación docente.

Sin nombre, un asunto no entra en el plan de estudios de un profesorado. Y la principal razón por la que la escuela no habla de la muerte es que a nadie le enseñaron cómo hacerlo.