Alvin Toffler (1928-2016), periodista y ensayista estadounidense, publicó tres libros que vendieron millones de ejemplares: El shock del futuro (1970), La tercera ola (1980) y El cambio del poder (1990).
Su tesis se resume en un esquema de tres olas. La primera es la revolución agrícola, que sedentarizó a la humanidad. La segunda es la industrial, con la fábrica, la producción en serie y la estandarización. La tercera, que él veía comenzar, sería la de la información y el conocimiento.
Lo que acertó
Conviene reconocerlo, porque escribiendo en 1980 acertó cosas que no eran evidentes.
Anticipó que el trabajo se desplazaría de la producción de bienes al procesamiento de información. Describió lo que llamó el electronic cottage: el trabajo desde casa mediante comunicaciones electrónicas, en un momento en que eso era ciencia ficción para casi todo el mundo.
Acuñó el término prosumidor para la figura que produce y consume a la vez, y describió la desmasificación de los medios: el paso de pocos canales para todos a muchos canales fragmentados. Las dos ideas describen bastante bien lo que internet terminó produciendo.
Y su concepto de shock del futuro –la sobrecarga que produce un ritmo de cambio superior a la capacidad de adaptación– nombra una experiencia que se volvió corriente.
Lo que falló
El registro de errores es igual de instructivo.
Toffler subestimó la persistencia de la industria: la producción no desapareció, se deslocalizó a Asia. Subestimó la concentración: preveía descentralización y desmasificación, y lo que ocurrió fue la aparición de plataformas globales más concentradas que los conglomerados que criticaba.
Y erró en el signo social del cambio. Su tono es optimista: la tercera ola traería más autonomía, más tiempo, más participación. Lo que trajo también fue precariedad laboral, vigilancia y una disolución de la frontera entre trabajo y vida que él celebraba como flexibilidad.
Por qué falló donde falló
El diagnóstico del error es más útil que el listado.
Toffler razona sobre tecnología y no sobre propiedad. Su esquema describe qué herramientas aparecen y qué permiten, y deja fuera la pregunta de quién las posee y quién captura el excedente que producen.
Con las mismas tecnologías que él describió se puede construir una sociedad de productores autónomos o una de trabajadores monitorizados por algoritmo. La diferencia no está en la tecnología. Ese es el punto ciego del determinismo tecnológico, y Toffler es su caso más popular.
La relación con la discusión sobre la posmodernidad
Sus libros coinciden temporalmente con la discusión filosófica sobre la posmodernidad –Lyotard publica La condición posmoderna en 1979– y se los asocia con frecuencia. La asociación es superficial y conviene deshacerla.
Lyotard, Jameson y Baudrillard analizan una condición cultural y epistemológica: el fin de los grandes relatos, la lógica cultural del capitalismo tardío, la primacía del simulacro. Toffler describe un cambio técnico y económico, con un método divulgativo y una intención prescriptiva.
Coinciden en el objeto y no en el registro. Leerlos juntos produce confusión; leerlos uno contra otro es productivo, porque el optimismo tecnológico de Toffler y el escepticismo cultural de la teoría francesa se corrigen mutuamente.
Qué queda del género
La futurología como género quedó desacreditada, y con razón: sus aciertos suelen ser generales y sus errores específicos.
Lo que sobrevive de Toffler no son sus predicciones sino su pregunta. Sostuvo que el ritmo de cambio es en sí mismo una variable con efectos, independiente de la dirección del cambio. Esa idea no envejeció.