Emil Cioran (1911-1995) nació en Rășinari, en Transilvania, hijo de un sacerdote ortodoxo. Publicó sus primeros libros en rumano en los años treinta, se instaló en París en 1937 y a partir de Précis de décomposition (1949) escribió exclusivamente en francés, en una prosa de una precisión clásica que él mismo describía como un suplicio adquirido.
Qué clase de pesimismo
Conviene distinguir. Existe un pesimismo temperamental, que es un dato de carácter, y un pesimismo filosófico, que es una posición argumentada sobre el valor de la existencia. Cioran tiene los dos y sólo el segundo es discutible.
La tradición a la que pertenece está identificada. Schopenhauer estableció en el siglo XIX que la voluntad de vivir produce un sufrimiento que ningún bien compensa. Leopardi llegó a conclusiones próximas desde la poesía. Cioran hereda esa línea y le quita el sistema.
Porque ese es su rasgo distintivo: no construye una filosofía. Escribe aforismos y fragmentos, deliberadamente contradictorios entre sí, y niega que sus libros propongan una doctrina.
El argumento, si se lo reconstruye
Aunque rechazara el sistema, hay un núcleo argumentativo recuperable.
La conciencia es el problema. Un animal sufre sin saber que sufre y sin anticipar su muerte; el ser humano añade a cada dolor la conciencia del dolor y la certeza del fin. La lucidez, en esa lectura, no es una ventaja evolutiva sino una enfermedad.
De ahí la valoración del nacimiento como el acontecimiento desafortunado por excelencia, título de uno de sus libros: De l’inconvénient d’être né (1973). No es una provocación aislada sino la conclusión de la premisa anterior.
Y de ahí también su interés persistente por el suicidio, que trató no como recomendación sino como posibilidad cuya mera existencia hace la vida soportable. La idea de que uno podría irse es lo que permite quedarse.
La contradicción que él admitía
Cioran vivió ochenta y cuatro años, escribió una decena de libros y mantuvo una correspondencia extensa. Alguien que sostiene que no vale la pena existir y que dedica sesenta años a escribirlo bien está haciendo algo que su propia tesis no explica.
Él lo sabía y lo dijo repetidamente: escribir era lo que le impedía llevar sus ideas hasta el final. El libro funcionaba como sustituto del acto.
Eso convierte su obra en un caso raro. No es una filosofía del pesimismo: es el registro de una vida sostenida por la práctica de escribir sobre su propia falta de sentido.
El punto oscuro
No se puede presentar a Cioran sin mencionar sus escritos de juventud. En los años treinta, en Rumanía, escribió textos de simpatía con la Guardia de Hierro, el movimiento fascista rumano, y publicó en 1936 Schimbarea la față a României, un libro nacionalista que después intentó retirar de circulación y del que hizo eliminar los pasajes más comprometedores en la reedición.
Nunca hizo un examen público completo de ese período, aunque en privado reconoció el error. La discusión sobre cuánto pesa eso en la valoración de su obra posterior sigue abierta, como ocurre con Heidegger y con otros casos del mismo período.
Registrarlo no es una nota al pie moralista. Un pensador que hace de la lucidez su valor central tuvo un momento de ceguera política grave, y esa tensión es parte del objeto.
Por qué se lo lee
Cioran tiene lectores que no son filósofos y que lo leen por la prosa. Es una razón legítima: sus aforismos están entre los mejor escritos del francés del siglo XX.
Y tiene una función que él no buscó. Para quien atraviesa una temporada mala, un autor que no ofrece consuelo resulta más soportable que uno que insiste en ofrecerlo. Es una utilidad paradójica y probablemente la habría despreciado.