Paulo Freire (1921-1997) formuló en Pedagogía del oprimido, escrita en el exilio chileno y publicada en 1968, una crítica a lo que llamó la concepción bancaria de la educación.

En esa concepción, el saber es un contenido que alguien posee y deposita en alguien que no lo tiene. El docente habla, el alumno recibe, y el éxito se mide por la cantidad recuperada en el examen.

Qué objeta exactamente

La crítica de Freire no es que ese método sea aburrido o ineficaz, aunque lo considerara ambas cosas. Es que produce un tipo de sujeto.

Un alumno tratado como depósito aprende, junto con el contenido, una posición: la de quien recibe lo que otro decide, sin intervenir en la selección ni en la valoración. Esa posición se transfiere fuera del aula.

De ahí que llame bancaria a la concepción: describe una relación de depósito y de acumulación, y la palabra señala también quién controla la cuenta.

La alternativa

Frente a eso, Freire propone la educación problematizadora, cuya unidad no es la lección sino el diálogo.

La frase que la resume –nadie educa a nadie, nadie se educa a sí mismo, los hombres se educan entre sí mediatizados por el mundo– contiene los tres elementos del planteo.

El primero niega la transmisión unidireccional. El segundo niega el autodidactismo individualista. Y el tercero introduce lo decisivo: la mediación del mundo. El diálogo no es conversación sobre cualquier cosa; es trabajo conjunto sobre una situación real que a ambos concierne.

Qué se entiende por saber

El desplazamiento conceptual es el que interesa aquí.

Si el saber es un contenido, existe antes del encuentro y el encuentro sólo lo transporta. Si el saber es una relación, se produce en el encuentro y no existía antes de él.

Freire adopta la segunda posición y de ella derivan sus procedimientos concretos. El alfabetizador no llega con una cartilla: investiga primero el universo vocabular de la comunidad, recoge las palabras cargadas de sentido para esa gente –palabras generadoras– y construye con ellas el material de trabajo.

La consecuencia es que el alumno trae saber. No el mismo que el docente, pero saber: sobre su trabajo, su territorio, su historia. El diálogo sólo tiene sentido si esa asimetría no es total.

La confusión más frecuente

La pedagogía dialógica se confunde a menudo con una renuncia a la autoridad del docente, y Freire fue explícito en rechazar esa lectura.

Distinguía entre autoridad y autoritarismo. El docente sabe cosas que el alumno no sabe, tiene una responsabilidad sobre el proceso y debe ejercerla; lo que no puede hacer es usar ese saber para anular la palabra del otro.

Una clase donde el docente no dirige nada no es dialógica: es una renuncia, y Freire la consideraba tan perjudicial como la clase bancaria, con el agravante de la hipocresía.

Alcance y límites

Los métodos de alfabetización de adultos derivados de este planteo se aplicaron en Brasil, Chile, Guinea-Bissau, Nicaragua y otros países, con resultados documentados y desiguales.

Las objeciones prácticas son conocidas. El método exige tiempo, grupos pequeños y docentes formados, tres cosas que los sistemas educativos masivos no suelen tener. Y funciona mejor con adultos que eligen participar que con niños en escolaridad obligatoria.

Lo que sobrevive con más fuerza no es el método sino el concepto de saber que lo sostiene. La idea de que quien aprende trae algo, y de que el contenido no es separable de la relación en que se transmite, reorganizó la discusión pedagógica latinoamericana de manera duradera.