La comunità che viene, de Giorgio Agamben, se publicó en 1990 y es un libro breve y fragmentario que anticipa buena parte de lo que el autor desarrollaría después en la serie Homo sacer.
Su punto de partida es una objeción a cómo se piensan habitualmente las comunidades.
El problema de la pertenencia
Toda comunidad tradicional se define por una propiedad compartida: ser italiano, ser católico, ser trabajador, ser mujer. La pertenencia se establece verificando que el individuo posee el rasgo.
Ese modelo tiene dos consecuencias que Agamben considera inseparables de él. Produce necesariamente un afuera –quien no tiene la propiedad queda excluido– y subordina al individuo a la categoría: uno pertenece en tanto ejemplar de un tipo, no en tanto este ser concreto.
La historia del siglo XX le da a esa observación un peso particular, y Agamben escribe con ella en mente.
La singularidad cualquiera
La alternativa que propone es lo que llama qualunque, traducido como cualquiera o singularidad cualquiera.
El término es difícil y conviene precisarlo, porque en castellano “cualquiera” sugiere indiferencia y aquí significa lo contrario. No se trata de un ser intercambiable sino de un ser tomado tal cual es, con todas sus propiedades, sin que ninguna de ellas sea la condición de su pertenencia.
Agamben lo formula como el ser tal cual es: ni definido por una identidad ni carente de cualidades, sino aceptado en su singularidad completa.
Una comunidad así no tendría criterio de admisión, y por lo tanto no tendría afuera.
Por qué sería el enemigo del Estado
El pasaje más citado del libro afirma que la principal amenaza para el Estado no es la reivindicación de una identidad –eso el Estado sabe procesarlo: negocia, reprime o concede derechos– sino una singularidad que no reivindique ninguna.
El argumento es que el Estado necesita categorías para gobernar. Un colectivo que no se presente como una identidad con demandas no ofrece superficie de negociación ni de represión selectiva.
Agamben escribe esto en 1990 y menciona explícitamente Tiananmen como ejemplo de una protesta que no se organizaba alrededor de una demanda identitaria clara.
Lo que la idea no resuelve
La objeción principal es política y es fuerte.
Los movimientos que consiguieron derechos lo hicieron organizándose alrededor de una identidad: obreros, mujeres, personas negras, comunidades indígenas. Pedirles que renuncien a esa identificación en nombre de una comunidad sin propiedades es pedirles que abandonen el instrumento que funcionó.
Agamben no ignora la tensión pero tampoco la resuelve, y su propuesta permanece en un registro más ontológico que estratégico. Quienes la defienden dirían que ese es su punto: no es un programa político sino un desplazamiento de la pregunta.
El tiempo del sujeto
El subtítulo de esta lectura apunta al aspecto menos comentado del libro. La comunidad que viene no es futura en el sentido de estar programada para más adelante.
Agamben trabaja con una temporalidad distinta, cercana a la del tiempo mesiánico que desarrollará después leyendo a Pablo y a Benjamin: un tiempo que no es el futuro sino una modificación del presente, el tiempo que se toma para terminar.
La comunidad, en esa clave, no llega: está ya disponible como posibilidad en cada singularidad que se sustrae a la identidad. Es una idea difícil de operacionalizar y probablemente por eso el libro sigue discutiéndose treinta años después.